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lunes, 25 de agosto de 2014

fusiones

Los bancos se quedan al margen del negocio de fusiones tecnológicas



El Cronista - ‎ agosto‎ de ‎2014
Es época de fusiones en Silicon Valley. Según Mergermarket, en el primer semestre de este año, se concretaron más de u$s 100.000 millones en operaciones de tecnología. Las cifras para el segundo semestre probablemente sean aun superiores. El recuento de fin de año incluirá la adquisición de WhatsApp por parte de Facebook en u$s 19.000 millones, la compra de Micros Systems por parte de Oracle en u$s 5.300 millones y una entrada significativa del tímido Apple, que acordó la compra del fabricante de auriculares Beats por u$s 3.000 millones.
En medio de este escenario, falta un elemento: los bancos. Los bancos de inversión acostumbran obtener grandes comisiones cuando los clientes corporativos absorben otras empresas. Pero muchas operaciones grandes se cierran sin que el comprador utilice ningún banco de inversión en absoluto.
Estamos ante una noticia alentadora para todos los que pensamos que las empresas de servicios financieros en general, y los bancos de inversión en particular, son demasiado grandes y demasiado importantes. Ser banquero de inversión dejó de ser visto como la mejor manera de que un recién graduado joven y talentoso haga mucho dinero y alcance un gran éxito en el mundo. Los niños inteligentes se están radicando en San Francisco en lugar de Nueva York o Londres. Financian sus emprendimientos con dinero de la costa oeste, construyen sus empresas con talento de la costa oeste y ven ofertas multimillonarias que se realizan entre miembros de su grupo de pares de la costa oeste. No tiene mucho sentido recurrir a un banquero de inversión de la costa este a pedirle asesoramiento sobre decisiones estratégicas relacionadas con la definición de una carrera cuando no hay razón para creer que el experto tiene un conocimiento más profundo de su industria que uno.
No es casualidad que el auge de las mega-fusiones auto-asesoradas haya coincidido con el auge de la industria de capital de riesgo, con sede en California, como la única fuente de financiación más importante para las empresas de tecnología. Todavía hay ofertas públicas iniciales, por supuesto, y gigantescas empresas públicas: Google y Apple tienen una capitalización de mercado combinada de u$s 1 billón. Pero Silicon Valley, por regla general, ya no se financia sí mismo en el mercado de valores. La salida a bolsa de Apple en 1980 y de Microsoft en 1986 se produjo en un momento en que esas empresas estaban invirtiendo fuertemente en el desarrollo de los sistemas Macintosh y Windows.
Pero las oficinas de propiedad intelectual abiertas por Google y Facebook en 2004 y 2012 no le dieron a estas empresas dinero que precisaran en absoluto. Ya tenían montones de efectivo, e hicieron mucho más dinero desde entonces. Cotizar en bolsa fue una manera de permitir que los accionistas cobraran en efectivo, no un medio de invertir para el futuro. Hoy en día, si una empresa de tecnología quiere recaudar dinero para invertir en la generación de crecimiento, buscará capitalistas de riesgo bien conectados que ofrezcan algo más que dinero en efectivo. Silicon Valley tiene dinero de sobra para financiarse a nivel local. Los banqueros y los mercados de capitales no son el único partido en casa.
De hecho, muchas empresas de tecnología se están dando cuenta de que los bancos ni hacen falta, según informo el diario The New York Times esta semana. Un analista de Morgan Stanley munido de una proyección de flujo de caja descontado con un precioso formato no podría ayudar a Mark Zuckerberg, el director ejecutivo de Facebook, a descifrar si Snapchat vale u$s 1000 o 10.000 millones, ni si WhatsApp vale u$s 2000 o 20.000 millones. Al fin y al cabo, Zuckerberg sabe mejor que nadie que una operación que hoy parece ventajosa mañana puede transformarse en la ganga del siglo.
Las grandes operaciones actuales de Silicon Valley no se basan en sinergias corporativas ni en el nivel en que las utilidades por acción aumentarán después del cierre de la transacción. Por consiguiente, no se basan en el tipo de cosa que los bancos pueden modelar. (Muy pocas de las empresas adquiridas tienen siquiera ganancias; algunas ni tienen ingresos.)
Por el contrario, se basan en atributos mucho más difíciles de cuantificar. ¿El producto de esta empresa cambiará el modo en que miles de millones de personas interactúan? ¿Lo maneja un tipo de visionario que sería un competidor letal si no se lo suma hoy a la empresa?
En situaciones como estas, poco importa si la empresa adquirente paga de más. Después de todo, las grandes empresas de tecnología nunca tuvieron más efectivo del que tienen en la actualidad y poner a trabajar el dinero les está costando tanto como a cualquier otro. La lógica de la adquisición de WhatsApp, una plataforma de chat más o menos gratis, por parte de Facebook es simple: captar parte del tiempo que las personas pasan usando su celular es más importante que el dinero. Quiere convertirse en la empresa de tecnología dominante en la era de los teléfonos celulares. Esta no es un área en la que los bancos puedan ayudar. En verdad, traerían más problemas que otra cosa, agregando más reuniones y planillas de cálculo que solo sirven para desalentar un objetivo potencial. Los fundadores no quieren negociar con ejecutivos de banco: quieren negociar con pares fundadores, tales como Larry Page o Zuckerberg.

Un ejecutivo de banco con gemelos de oro y un traje caro podría ser útil si se quiere comprar una empresa pública dirigida por un directorio de peces gordos y un director ejecutivo contratado. Pero este tipo de transacciones ahora son muy poco comunes. En un Silicon Valley dedicado a transformar el modo en que vivimos, los bancos quedaron al margen: dejaron de ser un mal necesario para convertirse en un mal innecesario. Y a nadie se le cae una lágrima.   

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