¿Por qué los europeos se suicidan
más que los latinoamericanos?
Infobae - sábado, 15 de
febrero de 2014
Según la Organización Mundial de
la Salud (OMS), Lituania es el país que tiene la tasa de suicidios más alta del
mundo, considerando la población masculina (los varones se matan en una
proporción muy superior a las mujeres en todos los países). El promedio es de
61,3 cada 100.000 habitantes.
En segundo lugar aparece Rusia
con 53,9; y tercero, Bielorrusia con 48,7. Un poco más abajo, Kazajistán con
43, Hungría y Letonia con 40, y Ucrania con 37,8.
Así, siete de los primeros diez
pertenecen a Europa del Este. Completan la decena tres asiáticos: Corea del
Sur, Japón y Sri Lanka.
"Cada año mueren en el mundo
cerca de 55 millones de personas. El suicidio (del latín, matarse a sí mismo)
cobra cada año alrededor de un millón de muertes, correspondiendo a un 1,5 a 2%
del total de decesos", dice a Infobae el psiquiatra Juan Carlos Martínez
Aguayo, Profesor Asociado de la Universidad de Valparaíso y Director de la
Sociedad Chilena de Neurología, Psiquiatría y Neurocirugía.
"De 100 causas de muerte por
violencia, 50 son por suicidio, un tercio por homicidio y un 20% por acciones
bélicas o actos terroristas. En el mundo hay un suicidio cada 38 segundos, un
homicidio cada 60 segundos y una muerte por actos terroristas o bélicos cada
100 segundos . Sin embargo, para el 2020 habrá un suicidio cada 20
segundos", agrega.
Como los países de Europa
Occidental tienen índices más bajos, la media europea es de 23,2 suicidios cada
100.000 habitantes (siempre considerando la población masculina).
Muy lejos de esa realidad están
las naciones latinoamericanas, que promedian 10,3. A excepción de Uruguay, Cuba
y Chile, que tienen tasas similares a las europeas (de 26, 19 y 18
respectivamente), el resto está por debajo de los 13 suicidios.
Los casos extremos son Paraguay,
que tiene 5,1; República Dominicana, con 3,9; y Perú, con 1,9.
El problema de vivir en un mundo
cada vez más individualista
"La cohesión social ha ido
disminuyendo en Europa a lo largo de las últimas décadas. Hemos entrado a un
modelo social muy individualista, donde cada sujeto busca prosperar por su
cuenta y donde, si acude a otros, es para prosperar más, pero no
solidariamente. Lo que vemos en la clínica es que en este tiempo la vivencia de
la soledad ha ido incrementándose considerablemente", explica el psiquiatra
y psicoanalista Josep Moya, coordinador del Observatorio de Salud Mental de
Cataluña, en diálogo con Infobae.
Una de las expresiones más
importantes de la nueva modernidad que atraviesa gran parte del mundo
occidental es el declive de la familia, que ya no tiene un lugar tan
omnipresente en la vida de las personas. Un buen soporte familiar o, en su
defecto, social -como las amistades-, permiten que los individuos se sientan
contenidos, y tengan en qué apoyarse en los momentos de inestabilidad emocional.
"Alguien que atraviesa por
una situación muy difícil -dice Moya-, con un cuadro melancólico, si no tiene
un buen soporte sociofamiliar enfrenta un riesgo mayor de pasar al acto
suicida. Por ejemplo, en los casos de suicidio asociados al acoso laboral, suelen
producirse en personas que se sienten solas y que ven a todo su entorno en
contra suya".
"En cambio, cuando se tiene
un buen sostén familiar, por más difícil que sea la situación clínica o
laboral, está en mejores condiciones de afrontarla. Por citar un caso, ayer un
señor de 45 años que está en paro nos decía que pasaba por momentos bajos, pero
que tenía presente que contaba con el apoyo de su esposa y de sus hijos",
agrega.
Pero en Europa esto parece ser
cada vez menos frecuente, por el debilitamiento de los vínculos familiares y
afectivos."Vemos muchas personas que viven en absoluta soledad y que
cuando se encuentran ante problemas económicos o de salud -continúa el
psicoanalista-, sus conocidos les viran la espalda. Los vínculos están
actualmente muy condicionados por la palabra éxito, hay que gozar, producir y
tener, y si uno no puede queda excluido".
No casualmente, los países
económica y socialmente más desarrollados están entre aquellos con mayores
índices de suicidio. Por más que resulte paradójico, muchas de las naciones que
han alcanzado los mayores estándares de vida del mundo -y probablemente de la
historia de la humanidad- lo hicieron a través de un modelo de sociedad que
deteriora los vínculos primarios, característicos de las sociedades del pasado,
como la familia y la comunidad local.
Es cierto que las naciones de
Europa Oriental no están entre las más avanzadas y son las que encabezan la
lista, pero desde el décimo puesto en adelante, aparecen los de Europa del este
y otros países desarrollados no europeos. Entre ellos, Estados Unidos, que
tiene un índice de 17,7 cada 100.000 habitantes, y Canadá (17,3). Incluso si
miramos dentro de América Latina, entre los países con más suicidios están
Chile (18,2) y Uruguay (26), que son los que alcanzaron estándares de vida más
cercanos a los europeos.
Y no se trata de un mal que
afecta sólo a los adultos. Los jóvenes son en muchos casos las primeras
víctimas de los problemas sociales de esta época.
"En los últimos 40 a 50
años, pese al avance la medicina, la mortalidad en adolescentes se ha
incrementado en un 19 por ciento. Las primeras tres causas de muerte son los
accidentes no intencionales, el homicidio y el suicidio. Éste último ocupa el
tercer lugar como causa de muerte en el grupo etario de 15 a 24 años y la
segunda causa de muerte, desplazando a los homicidios, en el grupo de adultos
jóvenes entre 25 y 34 años", cuenta Martínez Aguayo.
"Durante el transcurso de la
infancia y la adolescencia, la ideación suicida puede afectar entre el 15 y el
25% de los niños y adolescentes. Las tasas de suicidio a nivel mundial son de
8,0 a 9,5 cada 100.000 habitantes entre jóvenes de 15 a 19 años, y de 0,6 entre
niños de 5 a 14", agrega.
Es que uno de los efectos más
nocivos del debilitamiento de las redes sociales y familiares de contención es
la ausencia de ejemplos y de límites que ayuden a los niños a hacer su tránsito
desde la infancia a la adultez.
"En un mundo exigente,
cargado de estrés, donde lo material supera a lo espiritual, donde la familia
está desmenuzada, donde los jóvenes no saben tolerar un no ni experimentar
frustraciones, donde todo ha perdido valor siendo la era de lo desechable,
hasta la vida pierde valor. Ante cualquier cosa aparece la tentación suicida
como salida a la frustración, como una forma de apagarse", dice Martínez
Aguayo.
Barreras de contención contra el
suicidio
Pero viendo el panorama
latinoamericano, la situación no es tan crítica. Al menos en lo que respecta a
los suicidios. ¿Qué protege a estas sociedades contra el deseo de matarse?
"Cuando organizamos grupos
de personas en situación de paro -dice Moya- participa gente de América Latina.
Por un lado, vemos que muchas ya pasaron por situaciones muy difíciles, como
crisis económicas y políticas, lo que les da cierto entrenamiento. Pero por por
otro lado, la mayoría tiene un buen soporte sociofamiliar, que les da mayores
recursos personales para hacer frente a los contextos angustiantes".
La hipótesis más fuerte es que
como las formas de relacionarse propias de la última modernidad, caracterizadas
por criterios más utilitarios que afectivos, no penetraron tanto en las
sociedades latinoamericanas, muchas expresiones comunitarias perviven. Así, los
vínculos emocionales ocupan un lugar más importante en la vida de los
latinoamericanos, ofreciéndoles una mayor contención y blindándolos contra la
soledad.
"Hay otro elemento a tener
en cuenta que son las creencias religiosas. Quienes profesan una fe y piensan
que dios no los ha abandonado también se encuentran en mejores condiciones para
afrontar las crisis", dice Moya.
Al ofrecer algo en qué creer, a
qué aferrarse a pesar de todo, encuentran un importante incentivo para seguir
viviendo, ya que no caen en la desesperanza de alguien que sólo vive para el
trabajo y que, en caso de perderlo, se queda sin nada ni nadie. Además,
cultivar una religión permite vincularse con otras personas, y no para
perseguir fines utilitarios, sino por el placer de compartir.
Las estadísticas muestran que, a
pesar de su declive mundial, el fervor religioso es muy superior en América
Latina que en Europa. Pero en otras regiones es aún mayor.
Si se revisan los índices de
suicidio europeos, uno de los países con niveles más bajos es Albania, con 4,7.
Se trata de una nación que cuenta con una importante proporción de musulmanes,
una de las creencias que mejor ha sobrevivido al vendaval secularizador de la
modernidad.
Si bien la OMS no cuenta con
estadísticas confiables de muchos países dominados por el Islam, en aquellos
que hay información los números son elocuentes. Por ejemplo, en Egipto, la tasa
es de apenas 0,1 suicidios cada 100.000 habitantes. En Jordania es de 0,2.
Mientras que en Siria e Irán -donde la información está lamentablemente muy
desactualizada- los suicidios son 0,2 y 0,3.
Es decir que en estos países
prácticamente se podría decir que las personas no se quitan la vida. La única
excepción parece ser Kazajistán, que tiene una tasa muy elevada, de 43. De
todos modos, allí no es tan fuerte el Islam como en los otros países.
Esta descripción no pretende
insinuar que se vive mejor en las sociedades musulmanas o latinoamericanas que
en las europeas, donde los logros sociales alcanzados por muchas naciones son
innegables y envidiables para otras regiones del mundo.
Pero así como los países
latinoamericanos pueden aprender de muchas de las exitosas formas de
organización social desarrolladas en Europa, los europeos podrían empezar a
revalorizar el lugar irreemplazable que tienen en la vida los vínculos
afectivos, las relaciones comunitarias, las amistades y, sobre todo, la
familia.
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