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sábado, 27 de agosto de 2016

héroe desconocido

Doroteo Miaja, el héroe desconocido de la guerra de Cuba


El Confidencial - agosto de 2016
"Los problemas de Dios no me preocupan. Me preocupan los problemas de los hombres que inventaron un Dios que no hace más que darnos ratos malísimos. Quizás Dios exista - yo no lo creo-, pero no tiene sentido que nos matemos en nombre de Dios"
-José Saramago.


Una pequeña poesía en medio del apocalipsis, el dolor y la miseria del akelarre destructivo, era la andadura en solitario de aquel soldado incapaz de entender tamaño despropósito. Su íntimo rechazo al sufrimiento ajeno y propio, y el afán de redencion ante tanto sinsentido le empujaron al suicidio. Aspiró fuertemente una bocanada de humo del que sería su último cigarrillo, lo tiró al suelo, lo apagó con sus destrozadas alpargatas, colocó su arma con la culata fuertemente apoyada en el suelo, se sentó en el recorte de un tronco centenario, y tomando conciencia de lo que iba a hacer, apretó el gatillo de su Mauser.

La detonación seca y suspendida en el silencio hizo que de la linde del bosque salieran una miríada de pajaros acompañando el alma del interfecto en dirección desconocida.
Doroteo Miaja era analfabeto. En su pueblo, una pedanía insignificante cercana a Alhama de Aragón en la que nunca pasaba nada mas allá de los ciclos de la naturaleza, se dedicaba al noble oficio de cazador recolector, oficio tan secular que se remonta a la noche de los tiempos y a los primeros pasos del Sapiens. Recogía setas, bayas, mataba serpientes con ingeniosas trampas y era un tirador de primera, oficio heredado de su padre, sargento en la última guerra carlista. Su carabina Remington Rolling Block, el exhaustivo entrenamiento en sotobosque y alta montaña al que le habia sometido su padre y dos docenas de cajas de munición que le habia dejado en herencia junto con aquella maquina infernal eran todo su haber y poseer.

Colocaba masa de harina húmeda en la bocacha del fusil para aminorar el ruido del disparo y en ocasiones en el entorno del cierre. Así mitigaba los efectos del fogonazo y el ruido, a modo de silenciador. Otras veces colocaba miga de pan o una patata cocida clavada en el cañón con igual suerte. Todos los días se comían un guisado exquisito que su compañera de fatigas se ocupaba de que fuera el más afamado de la comarca.
Pero la guerra de Cuba lo extrajo súbitamente de aquel idilio de silencio y paz y Doroteo se fue a matar.


Fin de época
Doroteo Miaja, durante el asalto al fuerte del Viso en la Batalla del Caney, en tan solo diez horas, habia dado el visado para la eternidad a más de 24 soldados americanos con su precisa y afamada punteria durante el trágico asalto a las posiciones españolas. En el último instante, cuando se combatía cuerpo a cuerpo dentro del recinto, se escabulló y desapareció oculto en un saco terrero bien camuflado de hojarasca impregnada en barro, y a rastras y reptando, habia desaparecido entre los campos de caña tan codiciada por los yankees y sus oscuros intereses económicos. Tras recorrer cinco kilometros monte arriba evitando patrullas enemigas, tomó su decisión. Estaba muy enfermo, y entre la malaria, las diarreas constantes, la falta de hidratación conveniente -se bebia el agua infectada de las charcas-, el hambre lacerante y la sarna cruel, había decidido acabar con aquella mierda.

El general Vara del Rey y 550 hombres extenuados por el inmisericorde, monótono y cansino bombardeo de las piezas de artillería del 88 aguantaron estoicamente el asalto de los siete mil rangers y marines en una de las batallas más desequilibradas que se recuerdan en los anales militares. Vara del Rey y 500 de los suyos perecerían ante aquella imparable avalancha de rubicundos anglos, causándoles más de un millar de bajas antes de pasar a mejor vida. Fin de ciclo.

"No retengas a quien se aleja de ti, porque así no llegará quien desea acercarse", decía Carl Gustav Jung. Había que haberse dejado de dar golpes de pecho y vender Cuba como se propuso inicialmente. Además, los cubanos estaban hartos de jugar en segunda división y pensaban que los liberadores los iban a ascender a la liga de honor. A la luz de los acontecimientos fue un craso error.


La miseria a la que estaba sometida la tropa por el bloqueo marítimo estadounidense que no permitía el abastecimiento; el rechazo de una oferta de 300 millones de dólares por la isla con que el presidente Mc Kinley - en negociaciones ultrasecretas -, intentó jugar su última carta contra los levantiscos e incendiarios Pulitzer y Hearts -patrones de la prensa amarilla local-; la erosiva guerrilla de los locales Mambises y la grotesca chulería de la prensa española infravalorando al enemigo (además del claro y sospechoso boicoteo al submarino de Isaac Peral unos años antes, un arma decisoria en aquel contencioso), diseñarían un fin de época de sabor claramente agridulce. Se combatió honorable y heroicamente, pero bien se pudo evitar aquella carnicería anunciada.

A raíz de la batalla -o más bien resistencia heroica-, del Caney, y aunque sus cuerpos ya estaban inertes, el conjunto del batallón desaparecido recibió a título póstumo la laureada colectiva de San Fernando, pero ya era tarde y sus viudas y huérfanos solo conocerían la miseria.

El Caney fue el canto del cisne de un imperio que se desangraba desde hacía tiempo.
La explosión fortuita o no del crucero acorazado Maine, con su corolario de muertos, fue el pistoletazo de salida para una guerra que se había cocido a fuego lento. A pesar de que el barco tenía izado el pabellón de cortesía, su presencia era una clara provocación en la ensenada; en teoría venía a defender los intereses de los norteamericanos allá destacados por si el tema se ponía feo.

Se argumentó que el puerto estaba minado, que había sido un acto deliberado de sabotaje, y finalmente la prensa británica, mucho más objetiva que la norteamericana, y en particular 'The Times', alegaron que era un autentico montaje. No les faltaba razón. Las calderas estaban al lado de los pañoles de munición y la humedad y el calor local, pudieron muy bien hacer el resto. A todo ello se le podría añadir la nada desdeñable hipótesis de un atentado autoinfligido como cortina de humo para abordar el inmenso mercado azucarero que guardaban los fértiles campos de la isla y así, de una tacada, obtener el monopolio.


Amigo americano

Al final, y como sucede siempre, los norteamericanos alegarían que era una intervención humanitaria, argumento constante o algoritmo político que se ha reproducido hasta la saciedad en las más de cien intervenciones o guerras abiertas en el extranjero que este enorme país ha llevado a cabo a lo largo de su breve historia de 240 años de existencia. Un record.

Como consecuencia de este artificio, el cuerpo expedicionario norteamericano, muy subido y exultante por el paseo militar tras su desembarco en Daiquiri y por las arengas de la prensa amarilla local, se plantarían en El Caney, posición estategica que cubría la entrada a Santiago.
Es sabido que se defendió hasta el último hombre y que los cincuenta supervivientes lo fueron por heridas extremas o falta de munición. Ya en las postrimerías del combate , en la iglesia del pueblo de El Caney solo se oían los susurros de las plegarias de los moribundos. La resistencia sería quebrada tras diez horas de cuerpo a cuerpo hasta que la intervención de cuatro ametralladoras Gatling y su indiscutible potencia de fuego en campo abierto, cerrarían aquel honroso capitulo a la par que tragedia inenarrable.


El general Vara del Rey sería arteramente asesinado cuando era transportado en camilla, la misma suerte que corrieron los dos camilleros. Pasadas 48 horas, los norteamericanos le rendirían honores militares conforme a su rango, siendo su cuerpo entregado a las autoridades de Santiago.
Doroteo Miaja, un soldado valiente, se volvería loco ante el horror insoportable de matar humanos en vez de perdices y conejos. En el caso de Vara del Rey, sabía a qué jugaba mientras se mantuvo de pie sin amparo ni protección alguna. Un militar clásico.

Esta es la historia de un soldado anónimo al que la guerra centrifugó las entendederas, de un general valiente y una tropa entregada, y cómo no, del "amigo americano".