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lunes, 16 de febrero de 2015

bancos

Los bancos privados deben ser algo más que lavaderos de dinero


El Cronista Comercial - ‎  ‎febrero‎ de ‎2015
Se lava dinero cuando una persona canaliza el efectivo proveniente de un robo, fraude o expropiación en una cuenta de un banco suizo, o en un departamento costoso en Manhattan, para que su procedencia parezca lícita. Entonces, ¿cuál es el término apropiado para el concepto de manchar ganancias de una empresa legal mediante evasión de impuestos y otros chanchullos? Quizás se lo pueda llamar "ensuciar dinero".

Esa pregunta me surgió la semana pasada mientras leía sobre los 30.000 clientes de banca privada que tenía HSBC en Suiza a mediados de la década de 2000.
Algunos aparentemente estaban evadiendo impuestos nacionales; otros cumplían con la ley pero muy rara vez, saliendo de su sucursal de Ginebra con valijas con billetes usados. La actividad no era ilegal, pero tampoco del todo legal: había varias gamas de gris.

El paria de la era es el residente sin domicilio fiscal, un magnate sin raíces tentado por las propiedades y los refugios financieros de Nueva y Londres y la promesa de paz, tranquilidad y un tratamiento fiscal generoso. Compra un departamento en el Central Park o una casa en Mayfair mediante una empresa fantasma y deposita el efectivo en una cuenta de un banco suizo, abonando al gobierno del Reino Unido 30.000 libras, en vez de impuestos.
La operación es legal, pero perjudica sobremanera a otros contribuyentes que enfrentan déficits presupuestarios y recortes del gobierno mientras procuran obtener un crédito hipotecario que les alcance para comprar una casa cuyo precio se fue a las nubes gracias a las bajas tasas de interés y a la inundación de dinero extranjero.
El privilegio de lo que el propio gobierno del Reino Unido llama "un régimen impositivo muy generoso" se limita a los pocos que están offshore.

Pensemos por un momento en el multimillonario, cuya vida, en algunos sentidos, es más desafiante que la nuestra. La nota de la semana pasada, entre las que aparecen en Le Monde y The Guardian sobre el HSBC, y una serie del en New York Times sobre extranjeros que compran departamentos en el Central Park, trata sobre cómo Mark Zuckerberg, el fundador de Facebook, logró adquirir todas las propiedades que rodean su casa.

Un desarrollador inmobiliario que compró una casa detrás de la de Zuckerberg en Palo Alto le contó que pensaba construir una nueva residencia enorme desde la cual se podría ver su habitación. No solo Zuckerberg pagó u$s 1,7 millones a Mircea Voskerician, el agente, por el derecho de comprar la propiedad, según Voskerician, sino que además su asesor financiero adquirió otros tres terrenos cercanos por un monto de u$s 39 millones.

Voskerician entonces inició una demanda por incumplimiento de contrato, reclamando que su vecino había prometido no sólo indemnizarlo sino también presentarle contactos útiles en Silicon Valley, lo cual Zuckerberg niega. La presión del agente dieron sus frutos porque el fundador de Facebook es un multimillonario que vive en un barrio común, aunque caro.
Es el problema de una persona rica, pero da la pauta de porqué muchos ricos -especialmente los 128.000 ciudadanos del mundo que el Credit Suisse estima que poseen activos valuados en más de u$s 50 millones- permanecen ocultos. Un banquero reveló a The Guardian que había depositado 5 millones de libras en la unidad de banca privada del HSBC para que sus colegas no supiesen las primas que obtendría.
Los ricos tienen buenas razones, además de la evasión de impuestos -incluso la evasión lícita de impuestos-, para colocar su dinero en bancos suizos. La razón típica es que el dinero no está seguro en casa, donde un gobierno distinto puede llevárselo o, en el caso de Rusia, el mismo presidente con un parecer distinto. Al fin de cuentas, hay antecedentes de expropiaciones arbitrarias de propiedades pertenecientes a ciudadanos europeos.

Si bien todo es legítimo, tener riqueza depositada en banca privada o empresas fantasma se parece a lavar dinero. El dinero termina en lugares similares, igualmente ocultos de la vista del público. Cuando los ricos legítimos también evaden impuestos, la distinción empieza a hacerse delgada.
Estas no son circunstancias saludables para los gobiernos que parecen estar delineando exenciones fiscales a la élite global a costa de sus propios ciudadanos, o para la banca privada que manchan la reputación de todos los clientes avalando los pecados de unos pocos, o para empresarios que se esfuerzan para construir su riqueza. Todos podrían hacer más para solucionar el problema.
Para el gobierno del Reino Unido, eso significa reformar las exenciones fiscales de los residentes sin domicilio fiscal, que favorecen a los ricos permitiendo que la gente pague un impuesto anual que va de los 30.000 a 50.000 libras para proteger ingresos y activos offshore. Muchos califican por tener un pariente extranjero, lo cual es curiosamente arbitrario.

El Reino Unido y otros países, incluyendo los Estados Unidos, también deberían tomar medidas enérgicas en relación con el abuso de empresas fantasma, el vehículo financiero por elección para quienes lavan dinero. La mayor parte del saqueo de las riquezas de países en desarrollo se lleva a cabo utilizando empresas fantasma y cuentas offshore. Utilizar el mismo mecanismo para ocultar los verdaderos propietarios de viviendas costosas es extremadamente común.
Para la banca privada, significa proteger e invertir la riqueza lícita, más que contribuir a la evasión de impuestos y el lavado de dinero. Hay suficientes personas con dinero de origen lícito -incluyendo las 45.000 con activos valuados en más de u$s 100 millones- para que esto solo constituya un negocio rentable.

"En el pasado, la banca privada de Suiza operaba de manera muy distinta a como lo hace ahora", dijo la semana pasada el HSBC en su mea culpa. Puede ser, pero recuerdo a los bancos suizos afirmando a mediados de la década de 1990 -una década antes de que sucediese esto- que la evasión impositiva había quedado en el pasado. Luego de un tiempo, uno deja de creer.
En cuanto a los ricos, podrían preguntarse si quieren parecerse a quienes lavan dinero, sacando montañas de billetes de los bancos para evadir impuestos que otra gente paga.

Aunque cumplan con la legislación local, ¿es forma de comportarse?

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