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lunes, 26 de septiembre de 2016

Snapchat

 La transformación de Snapchat pasa por el hardware



The  wall street journal- septiembre de 2016
Cuando uno se pone las videogafas y toca un botón cerca de la bisagra, graba hasta 10 segundos de video desde el punto de vista de quien las lleva puestas.


Evan Spiegel, presidente ejecutivo de Snapchat, de 26 años, está en una pequeña sala de conferencias en un edificio sin nombre de una calle tranquila cerca de la playa de Venice, California. Envuelve con una toalla el misterioso objeto que está en la mesa. Está ansioso al punto del nerviosismo.

 “¿Quieres verlo?”, pregunta, con una amplia sonrisa. Hay drama en esta revelación: estoy a punto de unirme al círculo extremadamente pequeño de personas a las que Spiegel ha mostrado el objeto. Mientras levanta la toalla, explota con una risa alegre. “¡Boom!”

Lo que inicialmente parece ser un par de gafas de sol corrientes resulta ser Spectacles, el primer producto de hardware de Snap Inc., como ha sido recientemente rebautizada la firma (Spiegel decidió refrescar el nombre de la compañía porque su oferta va ahora más allá de la aplicación Snapchat). Cuando uno se pone Spectacles y toca un botón cerca de la bisagra, graba hasta 10 segundos de video desde el punto de vista de quien las lleva puestas. Cada vez que se toca el botón, se graban otros 10 segundos.

¿Por qué usar un par de videogafas de sol —que se venderán en una medida única, en negro, verde azulado o coral— en lugar de sostener el teléfono móvil como todos los demás? Porque, dice Spiegel, las imágenes resultantes son fundamentalmente diferentes. La lente de la cámara de Spectacles tiene un ángulo de 115 grados, más ancho que el de un típico smartphone y mucho más parecido al campo visual natural de los ojos. El video que se graba es circular, más cercano a la visión humana. (Spiegel dice que los formatos rectangulares son un vestigio innecesario de las fotos impresas en papel). Mientras grabamos, nuestras manos quedan libres para acariciar a los perros, abrazar a los bebés o agitar las manos durante un concierto. Uno puede también extender los brazos hacia la gente que filmamos, en lugar de tener que sostener el teléfono, en palabras de Spiegel, “como un muro delante de la cara”.

Spiegel recuerda cuando salió a probar un prototipo de las gafas a principios de 2015, durante una excursión con su prometida, la supermodelo Miranda Kerr. “Eran nuestras primeras vacaciones, y nos fuimos a Big Sur por uno o dos días. Caminamos por el bosque, saltando sobre troncos, mirando para arriba hacia los hermosos árboles. Y después, al mirar la filmación pude ver mi propia memoria, a través de mis propios ojos. Era increíble. Una cosa es ver las imágenes de una experiencia que uno tuvo, pero tener una experiencia de la experiencia es otra cosa. Fue lo más cercano a sentir que estaba de vuelta allí”.


Cuando uno pregunta sobre Spiegel a la gente de la industria tecnológica, y cómo a los 26 años ha construido una empresa con más de 1.000 empleados y oficinas en tres continentes, algo que mencionan con frecuencia es su aptitud para el diseño de productos. Es lo que él estudió en Stanford, antes de abandonar cuando le faltaba muy poco para graduarse, para centrarse en Snapchat. Es lo que hace tan adictiva su aplicación, que ahora tiene más de 150 millones de usuarios diarios, cerca de 15 millones más que Twitter. Es lo que atrae a talentos estelares como Imran Khan, a quien Spiegel reclutó de Credit Suisse en 2014. “La razón por la que me incorporé aquí fue Evan”, cuenta Khan, ahora director de estrategia de Snap Inc., “porque él era, evidentemente, el mejor visionario de producto que había conocido en toda mi vida. Y en las empresas de tecnología, si uno no tiene un buen producto, muere”.

Las gafas son la culminación de un proceso de desarrollo de años que Spiegel describe como de “medir mil veces, cortar una vez”. El producto ha lanzado a la empresa, de repente, a un mercado minorista rebosante de aparatos. Y corre el riesgo de provocar, como sabe cualquiera que recuerde la saga de Google Glass, una buena cantidad de burlas no bien comience a aparecer en las caras granujientas de los adolescentes estadounidenses.

Por el momento, Spectacles parece apenas un divertimento. A un precio de US$129,99 y con distribución limitada, no se espera que genere ingresos significativos de inmediato. Spiegel se refiere a ellas como un juguete, para ser usadas por diversión en un asado o para grabar un concierto al aire libre. Los videos de Spectacles se sincronizan de forma inalámbrica con un smartphone, lo cual los hace fáciles de compartir. “Vamos a adoptar un enfoque lento para lanzarlas”, dice Spiegel. “Depende de nosotros averiguar si encajan en la vida de la gente y ver si le gustan”.

¿Por qué hacer este producto, con los riesgos del caso, y por qué ahora? “Porque es divertido”, dice con otra risa. Esta soltura, este sentido de la experimentación confiada, parece encerrar en una cápsula uno de los aspectos del sorprendente éxito de Snapchat.

Pero hay otro factor que contribuye a eso: el ojo de Spiegel para ver qué será lo próximo en imponerse en el mercado. Spectacles le permitirá a Snap Inc. tener al fin el control de una cámara física, en lugar de una aplicación esclavizada por la lente del smartphone. Él sugiere que la capacidad de Snapchat de apropiarse de un medio de producción de imágenes puede tener implicaciones de largo alcance. No es mera diversión, después de todo. Hay engranajes comerciales que ruedan bajo el frívolo exterior de estos anteojos.

Michael Lynton, presidente ejecutivo de Sony Entertainment, de 56 años, recuerda la primera vez que vio Snapchat. Fue hace unos años, antes de que Spiegel consiguiera algún financiamiento serio. Las dos hijas mayores de Lynton ya usaban la aplicación, y otra más joven estaba tratando de descargarla, por lo que la esposa de Lynton, Jamie, sintió curiosidad. “Cuando se dio cuenta de lo que era, dijo: ‘Esto es fantástico’”, recuerda Lynton. “Porque había habido un número de niños en la escuela de mis hijas cuyas reputaciones fueron perjudicadas por algo que habían puesto en internet”.

Ese fue el atractivo inicial de Snapchat: el medio para enviar mensajes —especialmente fotos— que se autoborran después de unos pocos segundos a la vista del destinatario. No más fotos poco recomendables de momentos de embriaguez que luego pueden perjudicarte en una entrevista de trabajo. No más selfies tomadas borracho o semidesnudo que pueden tornar tu vida en un infierno si algún día decides ser candidato a algo. Cosas de adolescentes, adultos jóvenes o incluso travesuras de Wall Street se evaporan antes de que puedan incriminar a alguien.


Jamie Lynton estaba tan enamorada de la idea de los contenidos que se desvanecen que rastreó a Spiegel y le preguntó si podían reunirse. Spiegel había cofundado Snapchat en 2011, cuando aún estaba en Stanford. Para entonces ya había abandonado la universidad y trabajaba en la aplicación a tiempo completo con un pequeño equipo en la casa de su padre en Los Ángeles. Spiegel llegó a la casa de los Lynton en Brentwood en menos de una hora. “Me quedé pasmado de lo impresionante que se veía en la habitación mientras hablaba con Jamie”, dice Michael Lynton. “Se sentía que tenía un instinto comercial. Pero también era muy elocuente acerca de la filosofía de lo que estaba tratando de hacer”.

Los Lynton, que estarían entre sus primeros inversionistas, le dieron a Spiegel financiación puente. Poco después recibió un importante aporte de capital de riesgo que valoraba a la compañía en decenas de millones de dólares. Cuando llegó el momento de nombrar una junta directiva, incluyó a Michael Lynton. A finales de 2013, con el asesoramiento de Lynton, Spiegel desdeñó una oferta de Facebook para comprar Snapchat por US$3.000 millones en efectivo (posiblemente más, dependiendo de a quién se le pregunte). El infame hackeo de Sony en noviembre de 2014 puso al descubierto, dentro del correo electrónico de Lynton, una masa de información sobre Snapchat. (“Es probable que algo pueda hablar, con más convicción que nadie, sobre el beneficio de tener cosas en línea que desaparecen”, dice Lynton, riéndose). Entre los detalles más sabrosos que salieron a la luz estaba un comentario privado que Lynton había enviado por e-mail a un amigo en cuanto a la oferta de Facebook. “Si supieras la cifra real, nos reservarías una suite en el Bellevue”, escribió Lynton, en referencia al hospital de Nueva York que tiene un famoso pabellón psiquiátrico.

Para Spiegel, entonces de 23 años, rechazar la avalancha de dinero de Facebook fue una apuesta sorprendente. La búsqueda de ingresos fue, y sigue siendo, incierta. Un enorme número de usuarios diarios no garantiza el éxito; basta con preguntarle a Twitter. Y hay riesgos inherentes a cualquier servicio que depende de la buena voluntad de los inconstantes usuarios jóvenes de internet. “Mira lo que ha pasado con Vine”, dice Richard Greenfield, analista de medios y tecnología de la firma de corretaje BTIG. El servicio de videos que se repiten indefinidamente “se puso de moda, pero ahora parece estar sufriendo de verdad. Creo que le ganaron en innovación. En el mundo móvil, sólo eres tan bueno como el próximo competidor que viene”.

Hasta ahora, sin embargo, el tiempo y los subsiguientes inversionistas han demostrado la sabiduría de Spiegel. Informes recientes sitúan el valor de Snap Inc. en el rango de US$16.000 millones a US$22.000 millones.

Lo que Facebook envidiaba en 2013, y lo que aún maravilla a los observadores del sector tecnológico, es el grado de hechizo de los jóvenes estadounidenses con Snapchat. Al final resultó que los usuarios no estaban centrados sólo en enviar contenido subido de tono sin consecuencias. (Ese aspecto siempre había sido un poco sobrevalorado. Cualquier persona con reflejos rápidos para hacer una captura de pantalla, o con una segunda cámara, puede tomar la imagen embarazosa de un amigo antes de que desaparezca en el éter). En lugar de eso, lo que los jóvenes han acabado adorando de las fotos efímeras de Snapchat es cómo eso ha convertido a las redes sociales en una experiencia mucho más informal.

Esto no era como Facebook, donde se puede construir un monumento duradero de uno mismo con álbumes de fotos seleccionadas de las vacaciones estudiantiles o la graduación. Tampoco era Instagram, donde se suben selfies autoindulgentes y luego se espera a ver cuántos “me gusta” se consiguen. En Snapchat, las fotos y los videos caducan rápidamente. Al no haber una forma de que los usuarios los marquen como “favoritos” o los compartan. Los “snaps” nunca se tornan virales. Hay menos presión para ser perfectos.

Los famosos se han subido al tren de Snapchat en parte debido a que no se exponen allí a los comentarios groseros que podrían enfrentar en otras plataformas. “En Snapchat puedes ser muy abierta y compartir lo que quieras”, dijo Kim Kardashian por correo electrónico. “Hay algo muy liberador en no sentirse juzgada, avergonzada o intimidada al no tener comentarios o ‘me gusta’. ¡Eres libre de ser como eres!”.

La mayoría de los “snaps” entre amigos son mensajes espontáneos y vivaces. Esta es la ropa tonta que llevo en este momento. Aquí hay un perro divertido que estoy viendo. Mira la ridiculez que estoy haciendo en este mismo instante. Los “snaps” no están destinados a resistir el paso del tiempo, o incluso ser vistos de nuevo mañana. Una “Historia de Snapchat” es el carrete de fotos y videos de las últimas 24 horas, en proceso de disolución y en camino a ser reemplazados por cualquier cosa que suceda a continuación. (Cuando Snapchat presentó hace unos meses “Memorias”, una función que permite agregar fotos viejas a la “Historia” del día, hubo un leve alboroto ya que eso ponía patas arriba una de las convenciones centrales de la aplicación. Spiegel lo ve simplemente como otra forma de darles a los usuarios más herramientas creativas para que expresen lo que sienten).

Incluso la interfaz es relajada. No hay manual de instrucciones en la aplicación, y encontrar a la gente no siempre es intuitivo; se espera que los usuarios se las rebusquen y descubran las cosas. “Hacemos que sea fácil jugar”, dice Spiegel. “No hay nada que se pueda romper en Snapchat”.


Para algunos usuarios mayores no tan duchos en la navegación de un nuevo software, la falta de orientación puede resultarl confusa. “Solía pensar que Snapchat era como esos silbatos muy agudos que sólo los adolescentes pueden escuchar”, dice Stewart Butterfield, de 43 años, presidente ejecutivo de Slack, la plataforma de mensajería para empresas. “Me resultó bastante difícil entenderla al principio. Soy de una generación en la que un disco duro de un megabyte era increíblemente caro, y la información digital parecía muy valiosa porque había que tomar decisiones difíciles sobre qué guardar o qué borrar. Así que me tomó un tiempo que me entrara en la cabeza la idea de que una foto no iba a ser guardada para siempre en algún lugar. Pero luego me di cuenta, es como una conversación. Uno la tiene en la memoria, pero no tiene una grabación perfecta. Y eso hace que sea mucho más espontáneo y libre”.

Ese concepto —conversaciones efímeras a través de imágenes— es el motor primario de la popularidad de Snapchat. “La gente se pregunta por qué su hija toma 10.000 fotos al día”, dice Spiegel. “De lo que no se dan cuenta es que ella no está preservando las imágenes. Ella está hablando”.

Snapchat hace que sea fácil anotar fotos y videos mediante la adición de texto, un dibujo rápido con un dedo o una variedad de adornos prediseñados, todos los cuales estimulan la creatividad. Te envío una foto mía con el ceño fruncido al lado de mi auto con las palabras “multa de estacionamiento” escrita arriba de mi cabeza y una leyenda de “Manhattan” provista por Snapchat al pie de la foto. Tú me respondes con un video en el que simulas llorar, con las palabras “lo siento” abajo y un emoji de cara triste flotando por encima de tu hombro.

“No se trata de una acumulación de fotos que define quién eres”, dice Spiegel. “Se trata de la expresión instantánea y de quién eres ahora mismo. La fotografía conectada a internet es realmente una reinvención de la cámara. Y lo que hace es permitir que compartas tu experiencia del mundo y al mismo tiempo ver la experiencia de todos los demás, en todas partes, todo el tiempo”.

Los números de Snapchat siguen creciendo. Más de 60 por ciento de los usuarios de smartphones de entre 13 y 34 años tienen la aplicación. Cada día, los “snapchatters” envían más de 1.000 millones de “snaps” y ven más de 10.000 millones de videos. Entre la generación más joven, Snapchat se ha convertido esencialmente en lo que la televisión era para los baby boomers, los nacidos entre 1946 y 1964. Una estadística que Snapchat emplea para atraer a los anunciantes dice que en un día cualquiera, la aplicación alcanza al 41 por ciento de todas las personas de 18 a 34 años en Estados Unidos, mientras que una cadena de televisión entre los 15 primeros llega en promedio a 6 por ciento del mismo segmento demográfico.

Dondequiera que vayan los ojos (en particular los ojos de los jóvenes), allí van los dólares de la publicidad. Este es el quid de la batalla brutal que en este momento se da en el ámbito de la tecnología. Plataformas como Facebook, Instagram y Snapchat luchan por su tajada del tiempo que la gente pasa mirando videos en los teléfonos. ¿Por qué? Porque las empresas pagarán un buen dinero para insertar dentro de ese contenido sus videos publicitarios para móviles.

Facebook sigue siendo el gigante, potenciado en gran parte por el hecho de que almacena las identidades digitales de tantas personas. Su apelativo básico es que la riqueza de su información sobre los usuarios permite a los anunciantes afinar la sintonía de su publicidad. Si alguien quiere venderle pañales a una mujer suburbana hispanohablante, con título universitario y que dio a luz recientemente, Facebook puede ayudar a encontrarla y llegar a ella con sus anuncios personalizados (aunque Procter & Gamble, el mayor anunciante del mundo, recientemente dejó de lado su meta de llegar a los consumidores de manera tan precisa, y uno de sus portavoces confesó que algunos anuncios de P&G “afinaron demasiado” su enfoque).

Snapchat no puede ofrecer esas capacidades de microfocalización y tiende más bien a conocer las cosas más generales acerca de sus usuarios, tales como género, ubicación y si el teléfono tiene sistema iOS o Android. Compensa esa diferencia, desde la perspectiva de un anunciante, con su funcionamiento más parecido al de la televisión.

Un anunciante que compra espacio en Snapchat tiene la garantía de que va a llegar a una amplia franja de los jóvenes estadounidenses, al igual que solían hacerlo con sus anuncios en MTV. “Usted llega a un grupo demográfico determinado, en términos amplios, en un lugar donde pasan una gran cantidad de tiempo y vuelven a lo largo del día”, dice Ben Thompson, que escribe sobre la industria de la tecnología en Stratechery.com. “Veo a Snapchat como un destino natural de los dólares de la publicidad en televisión conforme esos dólares se pasan a la publicidad en línea”.

Al ver videos en Snapchat —ya sean Historias de un amigo o de una celebridad como Kardashian, o contenido profesional en Discover, el canal de Snapchat para medios de comunicación como BuzzFeed o The Wall Street Journal—, la aplicación reproducirá automáticamente un clip tras otro e insertará anuncios entre ellos. Estos avisos pueden ser de videos de pantalla completa con sonido, para crear un efecto muy parecido a un anuncio de televisión que interrumpe una comedia. La función de Historias de Snapchat ha sido tan atractiva, tanto para los usuarios como para los anunciantes, que Instagram (que es propiedad de Facebook) se vio motivada a imitarla con Historias, sin siquiera molestarse en cambiar el nombre.

Ni Spiegel ni Kevin Systrom, presidente ejecutivo de Instagram, hicieron comentarios sobre Historias para este artículo. Sin embargo, no es la primera vez que Snapchat enfrenta los esfuerzos de imitación del imperio de Mark Zuckerberg. En 2012, Facebook creó una aplicación llamada Poke que en esencia intentó clonar Snapchat. El fracaso de Poke sin duda contribuyó a la decisión de Facebook de realizar la oferta de compra que Spiegel rechazó en 2013. Facebook intentó imitar a Snapchat nuevamente en 2014 con una aplicación llamada Slingshot, pero volvió a fracasar. A esta altura, Thompson, de Stratechery, ve los intentos de copiar a Snapchat por parte de Instagram como un “movimiento defensivo” de Facebook.

“Facebook está tratando de encajonar a Snapchat en la dominación [del mercado] de adolescentes y adultos jóvenes de EE.UU.”, dice Thompson. “Tratan de limitar la expansión de Snapchat. Sin embargo, han reconocido que no recuperarán a esos usuarios. No tratan de quitarle usuarios a Snapchat; simplemente intentan evitar que nueva gente pruebe Snapchat de entrada”. (Facebook no quiso hacer comentarios para este artículo).

Thompson tiene la sensación de que Snapchat ha superado un umbral de adopción de usuarios que hace poco probable que sea abandonada en masa. Greenfield incluso prevé que Snapchat crecerá entre los usuarios de mayor edad. Después de todo, Facebook comenzó en los campus universitarios, pero ahora las abuelas la usan a diario.

Snapchat no quiso comentar sobre sus cifras de ingresos. Un documento interno al que tuvo acceso el sitio de tecnología TechCrunch sugiere que la empresa facturó unos míseros US$59 millones en 2015. No obstante, Snapchat ha comenzado a mejorar sus propuestas para los anunciantes, ofreciéndoles una métrica más útil y opciones de focalización un poco más avanzadas (por ejemplo, saber si un usuario tiende a ver contenido basado en las noticias en los canales de Discover o cuál es su contenido de estilo de vida preferido). Según el documento en el que se basó el informe de TechCrunch, Snapchat proyecta ingresos de entre US$250 millones y US$350 millones en 2016. Su objetivo es llegar a entre US$500 millones y US$1.000 millones en 2017.

Ambiciones de esa escala dependerán en parte de la continua capacidad de Snapchat de generar nuevos formatos publicitarios que les gusten a los anunciantes. Por ejemplo, Lenses, una aplicación complementaria que provee efectos especiales a a una selfie de Snapchat, permite convertir un rostro humano en la cara de un perro con una lengua que menea, o hacer que mire a través de un agujero en un trozo de pan tostado. Con algunas versiones patrocinadas de Lenses, el usuario puede transformarse en un taco (con un logotipo de Taco Bell en la esquina de la pantalla) o animar un balde de Gatorade que se vuelca sobre su cabeza. Incluso minoristas de lujo como Burberry, Michael Kors y Tiffany & Co. se han sumado al patrocinio de Lenses. Lo que hace al formato especialmente atractivo es que los usuarios optan por incluir estos anuncios en sus “snaps”. Y, en promedio, pasarán 20 segundos jugando con una Lens patrocinada antes de enviar el Snap, un tiempo similar a la duración de un comercial de televisión aunque radicalmente diferente en términos de relación del consumidor con la marca. Facebook, en otro reconocimiento de su envidia, ha experimentado recientemente con su propia versión de esta función.

Spiegel eligió deliberadamente asentar Snapchat en Venice en lugar de los suburbios sosos de Silicon Valley. Una cultura mucho más vibrante lo rodea aquí. “Me di cuenta de lo que quiero hacer contigo hoy”, dice, y me lleva de la sala de conferencias a la acera. “Hay algo que quiero mostrarte”.

Mientras caminamos por las calles soleadas, le hago un aluvión de preguntas personales. Spiegel creció en Pacific Palisades con dos hermanas menores y padres abogados (su madre optó por quedarse en casa después del nacimiento de Spiegel). Asistió a la escuela privada Crossroads School for Arts and Sciences —conocida por atraer a los hijos de los ricos y famosos del sur de California— antes de ir a Stanford. Me dice que todavía tiene una relación estrecha con sus amigos de la secundaria. Que su libro favorito es La insoportable levedad del ser, de Milan Kundera, y que una vez escribió una monografía en el colegio en la que relacionó esa novela con la serie de instantáneas del fotógrafo checo-francés Josef Koudelka de la Praga de 1968. Con frecuencia pide reuniones informativas con personas ajenas al sector tecnológico, desde diseñadores de moda a analistas de riesgos y políticos, y las consigue. Dice que es el beneficio que más disfruta de ser un presidente ejecutivo famoso.

De todos modos, queda claro que Spiegel se siente intensamente incómodo cuando se trata de hablar de sí mismo. Cuando expreso empatía, confiesa, con una leve sonrisa: “Esto es como hablar con un terapeuta que tiene la capacidad de humillarte”.

La percepción pública de Spiegel ha sido moldeada por algunos incidentes desagradables de sus años de universidad. Hubo filtraciones de correos electrónicos vulgares que envió a amigos de su fraternidad en Stanford, que ahora considera “absolutamente mortificantes”. También libró una desagradable batalla legal con un hermano de la fraternidad de Stanford en torno a reclamos sobre la propiedad inicial de Snapchat, de la cual no puede hablar por cuestiones legales. La renuencia general de Spiegel a hablar mucho con la prensa ha generado una falta de contranarrativas halagüenas.

Spiegel es especialmente reservado cuando se trata de hablar sobre Kerr, la supermodelo australiana de 33 años con la que sale desde 2015. Kerr estuvo casada con el actor Orlando Bloom, con quien tiene un hijo de 5 años. “La amo, y ella es una inspiración”, me dice Spiegel. “Me siento muy afortunado y agradecido de tener una gran compañera”. Después de eso, pone fin a esa línea indagatoria y se niega a comentar acerca de los rumores de tabloides sensacionalistas de que ha estado en busca de un anillo. Unos días más tarde, surgieron informes de que él y Kerr se habían comprometido. Kerr dio la noticia en Snapchat, mediante un snap en el que un avatar de Spiegel tiene una rodilla en tierra y le propone matrimonio. (El dibujo animado fue creado por el servicio Friendmoji de Snapchat, lanzado luego de que la compañía adquirió Bitmoji este año).

“OK, llegamos”, dice Spiegel, mientras entra agachado a una carpa montada en los márgenes de una concurrida calle. Adentro está oscuro y hay varias sombrillas de fotografía y una cámara Hasselblad en un trípode. Unos días antes, Spiegel se había reunido con el documentalista Davis Guggenheim, director de Una verdad incómoda y Esperando a “Superman”. Guggenheim vive cerca de la oficina de Snapchat en Venice y había invitado a Spiegel a visitar la cabina fotográfica temporal que había armado en un capricho. Cualquiera podía entrar y, por una pequeña suma, tener un retrato con calidad de estudio. A Spiegel le encantó el concepto.

Según la visión de Spiegel, Snapchat no es una empresa de redes sociales, sino una empresa de cámaras fotográficas. Él ha estudiado la historia de compañías como Kodak y Polaroid y cómo se presentaron al público. “Primero fue para hacer una foto”, dice Spiegel, caracterizando la forma en que la gente visitaría un estudio similar a este en el que estamos ahora para una sesión formal. “Luego el tema fue tomar una foto”, conforme las cámaras portátiles permitieron que la gente capturara imágenes informales. “Y, por último, fue dar una foto”, empezando por las instantáneas de Polaroid que se daban a los amigos en una fiesta, lo que luego evolucionaría a las cámaras de los teléfonos inteligentes que nos permiten enviar una foto a cualquier persona en el planeta.

Mientras Guggenheim nos saca fotos, Spiegel le muestra Spectacles, cuidándose de ocultar el aún ultrasecreto producto de la vista de los peatones que merodean afuera. Aunque él lo llama un juguete, Spectacles también parece el caballo de Troya de la visión del futuro de Spiegel: una forma más natural de tomar fotos, en la que el usuario mira por reflejo las cosas que le interesan. Las escenas resultantes, espera él, se sentirán menos como fragmentos sosos captados por los smartphones que como un archivo de recuerdos. O sueños.

Más allá de las imágenes que produce, la cámara de vestir también sabrá acerca de lo que uno hace en un momento dado: a qué persona está mirando, qué producto observa en el escaparate de una tienda, si el cielo es azul o gris. Podría adivinar lo que el usuario necesita antes de que él lo pida. En un apilamiento de tecnologías donde la lucha por una cuota del consumo diario de video de las personas es un juego de suma cero, la utilización de una cámara como esta abre flamantes posibilidades comerciales.

Cuando Spiegel se entusiasma con un tema, como es el caso de Spectacles, a menudo rompe en una risita. “El otro día cuando pusiste esa canción”, le dice Spiegel a Guggenheim, todavía emocionado pero cambiando de tema, “todo me tocó, y me voló la cabeza. La escuché de nuevo ayer, y todo cobró sentido”.

Guggenheim camina hacia su computadora y comienza a pasar la canción otra vez: Little Room, de White Stripes:

Pues estás en tu pequeña habitación

y estás trabajando en algo bueno

pero si es realmente bueno

vas a necesitar una habitación más grande

y cuando estés en la habitación más grande

tal vez no sepas qué hacer

tal vez tengas que pensar

en cómo empezaste

sentado en tu pequeña habitación



“Es todo lo que he estado pensando”, dice Spiegel, con asombro. “Literalmente, estuve pensando en cuando empezamos Snapchat, todos sentados a la mesa del comedor. Y pensaba: ¿Cómo se accede a esa pequeña habitación dentro de la habitación grande? ¿Cómo se construye la habitación pequeña dentro de la habitación grande?”.

Conforme Snapchat abre las puertas a habitaciones cada vez más grandes, se enfrentará a una competencia más dura. Colosos implacables como Facebook continuarán dándole guerra. Tanto profesional como personalmente, este es un momento de transición para Spiegel, con el lanzamiento de un nuevo producto, la propuesta de matrimonio a su novia y la lucha contra compañías rivales mientras se convierte rápidamente en un presidente ejecutivo famoso. Si los conceptos fundamentales de Snapchat son la privacidad, la conexión, la creatividad y el carácter efímero, se me ocurre que esos son precisamente los temas que deben pesar sobre Spiegel en este momento.

“¿Se están divirtiendo?”, pregunta Guggenheim.


“Estoy pasando el mejor momento”, responde Spiegel, y empieza a reírse de nuevo. •