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sábado, 11 de julio de 2009

Dioses


Los dioses pisan césped


Las ceremonias de masas confirman al fútbol como una nueva religión - El mesianismo afecta a las estrellas del deporte y el espectáculo



Hacia el final de la temporada de fútbol 2001-02 un grupo de jóvenes integrantes de la Brigada de Mártires de Al Aqsa estaba reunido con un periodista del Sunday Times de Londres en las profundidades de un sótano en el territorio palestino de Gaza. Los aspirantes al martirio estaban hablando al periodista del dolor de su pueblo, de su deseo de morir antes de vivir como esclavos o de cómo soñaban con oír llorar a las madres israelíes cuando irrumpió en el cuarto, muy animado, otro miembro del grupo. "Manchester United 5", anunció, "West Ham United 3. ¡Beckham marcó dos goles!". Los terroristas estallaron en júbilo, gritando, "¡Alá Akbar! [¡Dios es grande!]".



Un año después el Real Madrid de Florentino Pérez fichó a David Beckham. Si quedaba vivo algún integrante de aquel grupo seguro que vio en televisión la presentación oficial de Beckham ante 8.000 aficionados en el estadio de baloncesto del club madrileño. Pérez fichó al entonces capitán de la selección inglesa porque era un buen jugador pero, también, porque su figura generaba devoción hasta en los rincones más recónditos de la tierra. La genialidad de Pérez, lo que le distinguía de los demás directivos de los clubes de fútbol europeos, era que entendía mejor que nadie cómo transformar la fama planetaria de Beckham, y el fervor religioso que despierta el fútbol en general, en cantidades de dinero nunca vistas. Esto no lo entendió el Manchester: el club tasó su venta exclusivamente en función de su valía en el campo.



De vuelta a la presidencia del Real Madrid, tras tres años al frente de la empresa constructora más grande de España, Pérez insiste en el mismo planteamiento, en la misma fórmula. La diferencia es que hoy el Manchester ha aprendido la lección. El nuevo Beckham, la gallina que pone los huevos de oro, es Cristiano Ronaldo, por el que el club inglés pidió tres veces más de lo que costó Beckham. Quizá hubieran sido sólo dos veces más si no fuera por el hecho de que Cristiano, además, es mucho mejor jugador. Pérez ha respondido a este nuevo desafío, como es habitual en él, a lo grande. No basta con esperar que Cristiano deslumbre en el campo, hay que empezar a recuperar el dinero invertido en él ya, dos meses antes de que arranque la nueva temporada, montando una campaña mediática de marketing descomunal. Así, la presentación del astro portugués se llevó a cabo el lunes no en el estadio de baloncesto, sino en el estadio Santiago Bernabéu, y ante diez veces más espectadores que cuando Beckham se estrenó en público con el uniforme blanco.



Tiempos de crisis exigen un esfuerzo superior y por eso no bastó con invitar a los periodistas y dejar que ellos se encargasen de generar la emoción. Esta vez se les puso el espectáculo en bandeja. La puesta en escena en el campo del Bernabéu recordó a la de un concierto de rock de Bruce Springsteen, o de Michael Jackson. No fue ninguna casualidad. Pérez y su equipo entienden que el fútbol es una rama más del show business, del entretenimiento global; que la capacidad de un equipo de fútbol de generar dinero es similar a la de una película de Hollywood: cuanto más famosos los actores, más grandes las posibilidades de triunfar en taquilla. Cristiano Ronaldo es el Brad Pitt del fútbol.



Pero el fútbol también es cosa seria. Decir que es la gran religión global no es una metáfora. El 30% de la población global se declara cristiano; el 20%, musulmán: La pasión por el fútbol abarca a todas las religiones, razas, lenguas. Como ha escrito Stephen Tomkins, autor de Una breve historia de la Cristiandad: "Estamos abandonando las iglesias por el campo de fútbol. Los jugadores son dioses; las gradas, los bancos de la iglesia. El fútbol es la nueva religión".



Pérez intuye esto mejor que nadie. Para darle a la presentación del bien nombrado Cristiano el toque necesario de legitimidad ante los feligreses, el evento unificó el descabellado ambiente rockero con la solemnidad de una misa papal. Por si hubiese alguna duda, el acto comenzó con unas palabras sobre el césped del nuncio en España, cuya entrevista con Real Madrid Televisión fue difundida por los altavoces del estadio. El embajador del Vaticano confesó (con evidente orgullo) su amistad con Pérez y empezó a decir algo sobre Dios. Pero no tuvo la oportunidad de profundizar sobre el tema como quizá hubiera querido. El tiempo apremiaba y la entrevista se cortó de manera algo abrupta ya que había llegado la hora de que el presidente del Real Madrid, de pie sobre una especie de altar, tomara la palabra. Ante un atril, con Alfredo di Stéfano y Eusebio (dos grandes del viejo fútbol) sentados como cardenales detrás de él, Pérez habló en términos bíblicos -"pocos son los elegidos", pronunció- sobre el joven redentor, como Juan Bautista anticipándose a la llegada de Cristo. La afición coreaba "¡Florentino! ¡Florentino!", reconociendo la realidad, que el redentor de verdad, el gran padre del madridismo, era su presidente. Pero eso no quitó que el estadio se viniera abajo cuando por fin apareció Ronaldo en el campo, alto y guapo, bronceado, vestido de blanco: la imagen cinematográfica de Adonis, o Aquiles, o el dios Apolo.



Y entonces, en una pantalla grande, los goles de Cristiano, los milagros, con música celestial de Puccini, Nessum Dorma, de fondo. Y al final la liturgia, la nueva liturgia (repetida por Karim Benzema, más humilde nuevo discípulo madridista, en su más modesta presentación el jueves): "¡Uno, dos, tres...! ¡Hala Madrid!".



Y después a casa, corriendo, flanqueado por sus guardaespaldas, por si algún devoto exaltado saltara al campo y le arrancase las vestiduras, o le matara de amor.



¿Estará Florentino Pérez reinventado el fútbol una vez más? No el deporte en sí que, como él mismo ha constatado, es caprichoso, enigmático, imposible de reducir a fórmulas triunfadoras; sino el aspecto comercial, el negocio, el cómo se vende el deporte. Su lema ya es bien conocido: lo más caro es lo más barato. Es decir, uno ficha a los grandes nombres del deporte y eso se traduce no sólo en ventas de camisetas, sino en ingresos más inflados de los que alquilan la marca del club (patrocinadores como Adidas y Audi), de los palcos VIP en el estadio, y de los derechos de televisión globales. Lo que está por ver es si ahora se replicará la nueva coreografía, si de aquí a cinco años todos los clubes montarán grandes eventos escénicos a la hora de presentar a sus nuevos jugadores. Y si mientras, surgirán nuevas variantes sobre el tema, si habrá grupos musicales antes de los partidos y en los intermedios, si animadoras se pondrán a bailar cada vez que se interrumpe el juego, por lesión -o expulsión- de un jugador, si habrá fuegos artificiales no sólo cuando se gana una copa sino tras vencer al Spórting de Gijón en la jornada 17 de la liga. El modelo, claramente, sería el más circense, tradicionalmente menos austero, del fútbol americano o el baloncesto de la NBA. Se podría incluso, como hacen en la NBA, crear mini concursos fuera de las jornadas oficiales en los que cracks como Cristiano Ronaldo o Leo Messi compiten entre sí para ver quien mete más penaltis a casillas; o se miden, sin balón a la vista, en un partido de PlayStation.



Si todo esto suena a exageración, no hay que olvidar que Pérez ha mostrado interés en crear una liga europea limitada a los grandes equipos del continente, algo muy similar a lo que se ve en la NBA. El Real Madrid siempre se ha querido identificar con el fútbol espectáculo. La cuestión ahora es si la tendencia expresada en la presentación de Cristiano Ronaldo se consolidará; si el espectáculo va a seguir todos los días, a todas horas, más allá de los 90 minutos reglamentarios de un partido. La respuesta del mundo futbolero no es, ni será, unánime. Ex jugadores de la talla de Pelé y el actual presidente de la UEFA, Michel Platini, se han declarado horrorizados ante lo que perciben como el despilfarro del Real Madrid en la compra de jugadores como Cristiano Ronaldo y el mucho más cristiano (miembro de Atletas de Cristo) Kaká, y el circo que les rodea.



En cuanto a la prensa deportiva, las reacciones se dividen entre los que favorecen al Real Madrid y al Barcelona; y los jóvenes y los veteranos. La prensa madridista se suma a la fiesta, encantada; la del Barça se mofa del exceso capitalino. Francesc Aguilar del Mundo Deportivo se preguntaba en una columna esta semana, a propósito de la participación del nuncio en el acto del Bernabéu: "¿Ha empezado la beatificación de Florentino Pérez y no lo han comunicado? ¿Van a santificar al presidente del Real Madrid?". El consenso en Barcelona lo expresó un periodista muy ligado al Barça cuyo comentario respecto a la presentación de Cristiano fue, "se han pasado cuatro pueblos".



Los periodistas jóvenes parecen sentirse menos incómodos ante la exuberancia escenográfica que propone el curiosamente asceta (en lo personal) Florentino Pérez, pero muchos de los mayores claman al cielo, entre ellos James Lawton del Independent, varias veces laureado con el premio Periodista deportivo del año en Inglaterra. Para Lawton el evento del lunes fue la expresión en estado puro de la "grotesca" herejía que representa el proyecto Pérez. Lawton, que se pregunta que habría estado pensando realmente Alfredo di Stéfano durante la presentación de Ronaldo, dice estar convencido de que ir por ese camino es avanzar hacia la "autodestrucción".



Más medida fue la reacción de Andoni Zubizarreta, ex portero leyenda español. Zubizarreta comprende que "el gran montaje de marketing es lo que sostiene el precio del jugador más allá del juego en sí; vales más por lo que pareces que por lo que haces". Aunque el ex jugador aclara que, por supuesto, el valor radica en el talento del jugador con el balón en los pies. La parte fría de la cabeza de Zubizarreta comprende lo que está haciendo el Real Madrid, incluso agrega que generar ilusión en tiempos de crisis tiene su punto benévolo. Pero confiesa que al mismo tiempo el espectáculo sin precedentes que presenta el Real Madrid, "la mercantilización de la ilusión", le genera "sombras, contradicciones graves".



Se podría comparar con la mercantilización de la fe cristiana que se ve en ciertas sectas evangélicas de EE UU, aquellas en las que los ministros de la iglesia se enriquecen a base de la credulidad de sus parroquianos. Pero, más allá de las discusiones morales que genera el fútbol, la verdad que ha detectado Florentino Pérez antes que nadie es que, como dice un célebre escritor inglés, David Winner, no existe ningún fenómeno que ejerza más fascinación global que este deporte. "Se detecta cada día más una clara tendencia", dice Winner, autor (entre otros) de un premiado libro sobre el fútbol holandés titulado Brilliant Orange. "El fútbol está llenando el vacío cultural que ha dejado la religión".



La diferencia está en que nadie sabe con seguridad científica si hay recompensa después de la muerte, mientras que en el fútbol los resultados se ven en tiempo real, en el planeta Tierra. La gran ilusión (palabra clave del vocabulario florentiniano) que vive hoy el madridismo responde en buena parte a la enorme decepción sufrida la temporada pasada, en la que el eterno rival, el Barcelona, no sólo lo ganó todo jugando maravillosamente, sino que venció al Madrid, profanando el campo del Bernabéu, 2 a 6. La presentación de Ronaldo esta semana fue una especie de limpia, un exorcismo. Pero sólo fue el primer acto de una narrativa que no acabará hasta mayo del año que viene.



Volviendo a la metáfora del cine, el guión del Barcelona fluye con elegante inteligencia y sus actores son grandes talentos que no han podido o no han querido convertirse en celebridades mundiales. Son los Ralph Fiennes o los Anthony Hopkins del fútbol. El Real Madrid ofrece, en cambio, una película llena de extraordinarios efectos especiales, con una banda sonora apoteósica y actores superestrellas, con tendencias -especialmente en el caso de Cristiano Ronaldo- narcisistas. Obedecen al patrón Brad Pitt o Tom Cruise. A veces la película que cuesta menos triunfa más; y la superproducción se desploma. La apuesta de Pérez es grande y de alto riesgo. La ilusión de la afición y de la prensa madridista puede pasar rápidamente a la decepción y a la rabia. Pero si resulta que la temporada entrante, en el escenario del Bernabéu, el guión funciona, si el ritmo es devastador y el Real Madrid arrasa, toda la gloria será para Florentino Pérez, el profeta que habrá cambiado el mundo del fútbol para siempre.

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