El monopolista del dinero
Forbes -
viernes, 5 de junio de 2015
El sistema monetario actual privilegia a una
banca privada en contubernio con el Estado: los gobiernos derrochan para
ganarse el favor de las masas con cargo a sus propios bolsillos, mientras los
banqueros gozan de pingües ganancias que, cuando son pérdidas, sus cómplices
estatales entran al rescate para socializarlas.
En la primera y segunda entregas abordamos el
origen del dinero y cómo sería un sistema monetario reprivatizado en un entorno
de banca libre sin intervención estatal. Corresponde exponer los problemas del
monopolio del Estado sobre la moneda, del que se beneficia recurriendo a la
inflación. Ésta una forma de meter las manos en los bolsillos de todos aquellos
que tenemos los billetes que emite y nos obliga a usar. Se trata pues de un
hurto que, para desgracia de todos, se ha vuelto “normal”. Casi nadie reclama.
Pero no siempre fue así. El economista español
Juan Ramón Rallo nos recuerda en Una revolución liberal para España, que
mientras el dólar y la libra esterlina estuvieron vinculados al oro (el dinero
escogido como tal por el mercado), fueron capaces de mantener su poder
adquisitivo durante casi un siglo con muy leves y decrecientes oscilaciones.
A partir de 1914 –luego del establecimiento de
la Reserva Federal estadounidense, los gobiernos fueron abandonando el patrón
oro. El valor de las divisas desde entonces se ha hundido de manera muy clara.
Rallo señala que para 2012, tanto el dólar como la libra esterlina habían
perdido más del 95 por ciento de su valor.
Los apologistas del sistema de dinero sin
respaldo han argumentado que aunque éste se devalúe mucho más que el oro a
largo plazo, sus fluctuaciones en el corto son menores y previsibles.
Sin embargo, esas comparaciones no deben
tomarse en sentido literal, porque no toman en cuenta la influencia que juega
el papel moneda como causante del hiperendeudamiento privado y del ciclo
económico, acusa Rallo. Añade que comparar lo acontecido en el siglo XIX con
potenciales riesgos presentes es un error porque, como sabemos, en el siglo
antepasado los mercados no eran tan profundos ni desarrollados, lo que los
volvía más volátiles.
Más aún, cuando se compara tanto la actividad
como los empleos creados, el saldo durante el patrón oro es mucho más favorable
que durante el sistema de papel moneda.
El dinero estatal pues, es mucho peor que el
privado a largo plazo, y en el corto, los “beneficios” no compensan sus altos
costos. De manera que la creencia arraigada de que el capitalismo tiende a la
autodestrucción por las crisis recurrentes es un mito, pues en realidad, es el
intervencionismo estatal el causante del ciclo de económico de crisis, no el
libre mercado.
Ese intervencionista sistema monetario actual
privilegia a una banca privada en contubernio con el Estado: los gobiernos
derrochan para ganarse el favor de las masas con cargo a sus propios bolsillos,
mientras los banqueros gozan de pingües ganancias que, cuando son pérdidas, sus
cómplices estatales entran al rescate para socializarlas.
Asimismo, con el sistema monopólico estatal los
bancos privados tienen enormes incentivos para endeudarse a corto plazo (por
los depósitos a la vista que atraen del público) y prestar a largo –donde los
rendimientos son mayores, lo que por definición los hace insostenibles y
susceptibles de quiebra cuando una buena parte de sus acreedores acuden a
retirar sus fondos. Ejemplos recientes sobran.
Por lo tanto, basar el crecimiento en el
hiperendeudamiento es una empresa condenada al fracaso. Expandir el crédito por
fuerza lleva a financiar proyectos inviables, que cuando comienzan a fracasar
en masa, ejercen una presión deflacionaria (contracción del crédito) que los
monopolistas del dinero pretenden solucionar expandiendo más la deuda y la
emisión monetaria. Es como querer curar al alcohólico dándole cada vez más
botellas de su bebida favorita
Paradójicamente, la respuesta de muchos es que
hace falta “regular más” y “mejor” a la banca para evitar el comportamiento
irresponsable y su impacto en la economía. Pero lo cierto es que las lecciones
de la historia dejan en claro que el mercado libre tiene los incentivos y
controles propios para eliminar o contener la irresponsabilidad de los bancos.
En un mercado libre, el riesgo de que nadie
estará detrás para salvarlos de la insolvencia los obligaría a ser prudentes,
so pena de perderlo todo.
Rallo nos habla justo de que uno de los
privilegios que el Estado le dio a la banca fue el de la creación de un banco
central monopolístico, encargado de refinanciar los vencimientos de la deuda de
corto plazo de los bancos privados. Al tener el monopolio de la emisión
monetaria y por tanto la mayor parte del oro de una economía, se le daba manga
ancha al banco central para salvar a dichas instituciones financieras.
No obstante, dado que incluso en esos casos las
reservas de oro del banco central podían agotarse si se financiaba a demasiados
bancos imprudentes, los intervencionistas veían esta limitante como una molesta
piedra en el zapato y se empeñaron en quitarla. Una vez hecho esto pudieron
financiar de manera ilimitada a quien lo necesitara en el gobierno y los bancos
creando dinero del aire. Billetes estatales y ceros se pueden crear y agregar
sin límite, pero no el oro.
Ese poder monopólico implicó la facultad de
recortar los tipos de interés y expandir el crédito a placer, con las
consecuencias graves para la economía a que hemos aludido antes.
Un privilegio más dado a la banca ha sido la
regulación que hizo creer a la gente que era para su protección: los llamados
“fondos de garantía de depósitos”.
Gracias a ellos toda persona que tenga hasta el
límite de esas coberturas –que suelen ser la mayoría de depositantes, se
desentiende del manejo del banco donde depositó su dinero. No tienen
preocupación alguna porque se saben “protegidos” por la garantía estatal. Con
ella los bancos tienen otro aliciente para actuar de forma irresponsable. Con
el fondo de garantía, los contribuyentes asumen una vez más pérdidas que
deberían ser privadas.
Entonces, una banca libre con dinero
reprivatizado no sería más imprudente que la actual, sino más responsable,
justo porque la red de protección que le ha otorgado el Estado no estaría más.
Rallo concluye que si los privilegios bancarios
subsisten, la regulación será insuficiente para evitar las crisis económicas
–como ha sido a lo largo del siglo XX; y si desaparecen, dicha regulación será
innecesaria.
La alianza de las élites gubernamentales y
bancarias no puede controlarse, evitarse y mucho menos eliminarse con más de lo
que la provocó: la intervención del Estado.
Una banca libre con dinero reprivatizado es la
solución al problema económico que nos aqueja.
Debemos pues abolir a los bancos centrales,
acabar con las monedas de curso legal y restablecer la competencia bancaria. No
hay pretexto ni razón que justifique el intervencionismo estatal, pues como se
ha revisado en esta serie, ningún bien le ha aportado a la sociedad cuando se
le compara con los costos que para la misma ha significado.
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