Cuba hoy: la Revolución menos pensada
Clarín - junio de 2025
María Caridad Jorge hace poco más
de un año escribió en su autobiografía: “Soy lesbiana y religiosa y también
quiero ser militante”. Lo hizo para ingresar al Partido Comunista de Cuba,
“algo impensable hasta hace poco tiempo”, dice cruzada de brazos en el bar del
Menjunje, el centro cultural de Santa Clara, la ciudad en el corazón geográfico
de la isla.
“Siempre fui revolucionaria,
vengo de una familia revolucionaria. Mi mamá hizo ‘clandestinaje’ contra
Fulgencio Batista. Estuvo con el Che Guevara, pero ella nunca alardeó porque no
hay que buscar méritos en las cosas. Y yo siempre quise ser parte del Partido,
pero sabía que no podía: primero porque era lesbiana, y nunca lo iba a dejar de
ser por nada de este mundo. Y segundo, era religiosa y tampoco iba a dejar de
serlo”. El 23 de agosto de 2013 le entregaron el carnet como militante.
María Caridad tiene 51 años,
lleva un tatuaje que une en un rostro al Che con Jesús y una cadena cobriza
debajo de la musculosa gris. Colgadas se ven una herradura, un machete, un
hacha. Las “herramientas” de Ogún -su santo yoruba, el hombre de hierro para
esta religión afrocubana- le sirven para frenar su soberbia y la energía fuerte
que lleva adentro. La fuerza es solo para la guerra -explica-. “A veces con la
inteligencia se gana más”. María Caridad es también una de las protagonista de
los cambios que el gobierno -y el Partido Comunista de Cuba- viene
implementando desde 2012 cuando se planteó un proceso de “cambio del modelo
económico y social”, siempre de partido único, y con una gradual reforma
económica sin capitalismo, lo definieron.
Ramón Silverio preparaba una
pasta con hierbas medicinales que repartía a la madrugada cuando las fiestas
marginales en Santa Clara de mitad de la década del 80 llegaban a su fin. Ese
“mejunje” le dio el nombre al que se transformó en uno de los centros de
resistencia cultural para el rock y la comunidad gay en la ciudad que pasó a la
historia de la revolución porque fue tomada por el Che Guevara.
Protagonista y testigo de los
últimos años, Silverio cree que “en los últimos años se han logrado cosas que
fueron impensables. Es un momento de dar pasos firmes y adelantados y estamos
en eso. Porque el país va hacia eso. Es que tampoco el mundo es una maravilla
en estos temas, las cosas se han logrado luchando. A nadie se le ha regalado
nada”.
Silverio tiene 60 años, es
miembro del Partido Comunista y un referente histórico del movimiento social y
político que pretende conseguir la equiparación de derechos de lesbianas, gays,
transexuales, bisexuales en intersexuales (LGTBI). Delgado, de camisa
cuadrillé, pantalones carpinteros, sandalias de cuero, no le saca el cuerpo
cuando tiene que hablar de la actualidad cubana. “Es el único país que pudo
resistir el bloqueo y ha quedado en la conciencia. Los 90 fueron muy duros. Eso
nos preparó para vivir y convivir con el mundo”, explica mientras se define
como “muy esperanzado. Desde afuera se están haciendo muchas más preguntas que
nosotros, que nos las hacemos también. Pero quienes hemos mantenido esta
Revolución tenemos en claro que vamos a vivir otra época, un gran reto
histórico”.
En medio de las preguntas,
ansiedades y pronósticos sobre qué sucederá en el país a partir del inicio de
las conversaciones con Estados Unidos en diciembre pasado; con el número de
visitas estadounidenses aumentando 36 por ciento en el último mes comparado con
el mismo período del año pasado después de que se flexibilizaran los permisos
de viaje; con la Bienal de Arte llenando el Malecón y los rincones de la Habana
Vieja de esculturas y performance a toda hora; con la continuación del embargo
por parte de Washington; con la escasez de alimentos que obliga a los cubanos a
una búsqueda permanente por bodegas y negocios; con el doble sistema monetario
que los separa entre quienes tienen acceso al CUC -la moneda convertible a
divisas extranjeras- y los que sólo tienen pesos cubanos, Cuba lleva adelante
procesos de debates, cambios y resistencias más silenciosos como son las
políticas hacia la comunidad de gays, lesbianas, transexuales y travestis.
Después de que las primeras
cuatro décadas de la revolución se caracterizaron por la persecución, con
campos de trabajo para los homosexuales, el gobierno cubano ha cambiado su
política. Costeó, desde 2007 -y a partir de que el Ministerio de Salud Pública
aprobara la Resolución 126- más de veinte cirugías de adecuación genital,
comúnmente llamadas de reasignación de sexo. Diez años antes había suprimido
del código penal la referencia a la homosexualidad vinculado al escándalo y
ultraje sexual, que servía a la Policía para detener a las personas por sus
preferencias sexuales.
Fue el año pasado, el 17 de
junio, que la Asamblea Nacional aprobó el nuevo Código de Trabajo que incluye
medidas antidiscriminatorias por orientación sexual y discapacidades. La
aprobación del texto final sepultó lo que se había acordado en la comisión
encargada de la redacción sobre la inclusión por identidad de género y por
vivir con VIH. Mariela Castro Espín, hija del actual presidente Raúl Castro,
como diputada fue la que con su voto negativo denunció el cambio. “¡Socialismo,
sí! ¡Homofobia, no! ¡Viva la Revolución Cubana!”. Castro Espín termina con el
puño en alto su discurso en la plaza principal de Las Tunas, en el oriente de
la isla. Es el final del desfile -o la conga, como la llaman- contra la
discriminación por identidad de género y preferencia sexual. Una marcha en la
que cientos de personas bailaron al ritmo de tambores tras una gran bandera
cubana y otra multicolor, símbolo de la diversidad y la comunidad gay.
La plaza es de cemento y con poco
verde, un escenario caluroso para el acto de cierre de la VIII Jornada Cubana
Contra la Homofobia y la Transfobia -organizada por el estatal Centro Nacional
de Educación para la Salud (Cenesex), que dirige Castro- y en la que por
primera vez participó la central de trabajadores cubana. En un puesto de la
feria que se armó hablan de la prevención del VIH. En otro, se puede hacer el
test de detección rápida. Un grupo de chicos bailan con trajes amarillos
brillantes. “Tengo más suegras que millas transitadas”, dice la canción.
Días antes en La Habana, en la
apertura, estuvieron miembros del Comité Central del Partido y también una
delegación de estadounidenses. Muestra de los tiempos que corren. Veinte
parejas intercambiaron anillos imaginando un posible matrimonio entre personas
de mismo sexo. De la ceremonia participó el arzobispo de la Iglesia Católica
Eucarística, Roger LaRade, que en Canadá ganó fama por promover estas uniones
en el campo religioso y también la pastora Cary Jackson, quien llegó desde
Nueva York. Para que en Cuba haya unión civil se necesita una ley de la
Asamblea, el órgano legislativo unicameral. Para que haya matrimonio
igualitario, modificar la Constitución. Hay que “lograr que la sociedad cubana
en su totalidad se sensibilice con estos temas, se eduque, comprenda. Yo estoy
loca por presentar la propuesta ante la Asamblea”, dirá después en una charla
Mariela Castro.
Deinna y Gendris no sueñan con
casarse mientras viajan por La Habana en el asiento trasero de un Ford Tucson
Line del año 52 color morado, popularmente llamados “almendrones”. Tienen 20 y
19 y son de Manzanillo, pero llegaron a la capital cubana para escapar de la
homofobia de su pueblo. “Mi padre no me soporta. Desde que me visto como mujer
cuando me ve aparecer, ve al diablo”, dice la chica de pestañas interminables.
Viven con un grupo del mismo pueblo en una casa pequeña en el barrio de Centro
Habana, que en los años 90 se transformó en un lugar seguro para las travestis.
En el living aún perdura un arbolito de Navidad con moños rojos junto a un
minúsculo televisor “National Star”. En las paredes hay un cuadro de la Última
Cena y siete platos con flores colgados. Un olor a café dulzón preparado como
lo toman ellas en el campo, inunda el espacio de cuatro por cuatro.
Afuera, La Habana es una ciudad
caótica, derruida, con problemas de agua en las zonas más habitadas, con
eternas partidas de dominó en la calle de los barrios menos turísticos, con
vendedores ambulantes que ofrecen mangos o maní de forma ilegal, bicitaxis que
intentan suplir la falta de transporte público y cientos de turistas que llegan
“a ver el país antes del cambio”, como dijo sin ninguna clase de dudas ni
tampoco demasiadas certezas sobre a qué se refería Anne, una norteamericana de
más de 60 años.
La calle es también de noche un
territorio hostil para Deinna y Gendris. “Anoche nos tiraron agua caliente
cuando volvíamos del Parque Central”, cuentan. A Shanet fue una bolsa de basura
de un tercer piso. Es alta y flaquísima, lleva un vestido largo de colores, las
cejas tatuadas y terminó de cursar el cuarto año de medicina. “Pero me han
sacado, han hecho lo imposible para que deje la universidad. Sé que es por mi
figura de mujer, me discriminan por no ir como muchacho. Por eso vine de
Manzanillo a La Habana a buscar una carta del Cenesex para que me respalden y
pueda seguir mis estudios”.
Angeline fue la primera
manzanillera en llegar a La Habana. Puede ir vestida como la mujer que se
siente al laboratorio clínico donde trabaja. También logró que en el membrete
diga “Angeline” y no el nombre con el que nació. Ella es una de las pioneras en
temas de igualdad. Hace más de cinco años logró que la universidad la acepte
para estudiar como técnica de laboratorio. Su lucha actual es para lograr el
cambio de nombre en su documento de identidad. A partir del año 2013, en Cuba
se puede cambiar la foto y el nombre para que se adecue con el aspecto físico.
Angeline espera algo más: la cirugía de reasignación de sexo.
Mientras tanto durante la noche
se prostituye en la Habana Vieja, donde es más fácil encontrar turistas. “No
tenemos mucha salida, el dinero no alcanza, son muchas las chicas que lo
hacemos. No lo oculto. Antes un extranjero podía pagar 50 CUC, unos 50 euros,
pero ahora se han dando cuenta de nuestra miseria y pagan 5 euros. Pero como
hay hambre, hay que aceptar”.
Angeline forma también parte del
grupo TransCuba, que surgió hace 14 años para luchar por los derechos de la
comunidad trans. Como parte de su tarea hace prevención del VIH entre sus
pares.
“Nuestro principal objetivo es
trabajar en la autoestima”, dice Malú Cano, que lidera el grupo que reúne a
3.002 personas trans de toda la isla. “Te sacan de tu hogar, no te dan
educación y se sobrevive con el sexo transaccional. Además de la prevención de
las relaciones violentas en la calle, en la casa, hay que prevenir en la salud.
La mitad de las personas trans viven con VIH. Y creo que nuestro activismo ha
frenado la mayor expansión”, explica.
Sissy aprendió a vivir con VIH entre
muchas otras cosas. Tiene 50 años y a los 15 fue presa, por primera vez, por
andar maquillada en la calle. “La Policía andaba con un papel en el bolsillo y
te lo pasaban por la cara”, recuerda. Estuvo seis meses en el Combinado del
Este, en el piso conocido como la Patera, donde estaban encarcelados los
homosexuales.
“Lo que pasaba es que una vez
ahí, ya no te importaba nada. Nos transformamos en mujer. Hacíamos maquillajes
con lo que teníamos. Nos pintábamos las pestañas con la grasa mecánica de la puerta,
que era eléctrica. Las sombras las hacíamos con desodorante de pasta y cenizas
de cigarros. Se hacía una sombra gris-azul, preciosa. La boca, con rojo
escarlata y con los lápices de carpintería nos delineábamos los ojos. Porque te
voy a decir una frase que quiero que recuerdes: donde nace un maricón, mueren
las dificultades”, sentencia en medio de una carcajada en su casa del barrio de
Regla, al otro lado de la bahiana habanera.
Sissi aún adora a Lola Flores. La
admiración por la Faraona fue su salvación. Comenzó a imitarla en un
espectáculo de transformismo cuando Cuba se sumergía en una crisis hasta el
hambre a mediado de los 90, después de la desaparición de la Unión Soviética.
Hacía el espectáculo en casas particulares y muchas veces el show terminaba en
una estampida con la llegada de la policía. La noche de Las Vegas en el
elegante barrio de El Vedado ya nada tiene de clandestino. El cabaret surgió
hace seis años como un espacio de resistencia cultural administrado por el
Estado cubano. Su principal show “Bravissimo” tiene como números principales la
actuación de transformistas ya míticos en la noche cubana. Entre cada
presentación hay un spot de prevención del VIH. Las mesas están llenas de
turistas. Un grupo de chinos se bambolea como bambúes, también hay canadienses,
estadounidenses, algún español y brasileños. Estrellita en el escenario es una
especie de Verónica Castro caribeña, abajo es uno de los actores más renombrados
de la escena cubana. Esta noche va vestida de verde agua y lamé plateado. Canta
en inglés y el público la ovaciona. “Desde Miami se infla el pasado y esto ya
ha cambiado”, dice Manuel en una mesa cercana al escenario. Estrellita muta de
Verónica Castro a Lisa Minelli. Canta que quiere despertar en una ciudad que
nunca duerme. “New York, New York”, dice en La Habana, Cuba, 2015, a 57 años de
la Revolución.
Cronología del proceso de cambio
Cuba vive un proceso gradual de
cambios sobre todo a partir del reemplazo de Fidel Castro por su hermano Raúl,
en 2008. En marzo de ese año se autoriza la venta de computadoras, celulares y
otros electrodomésticos. Se permite a los cubanos alojarse en hoteles y que
alquilen autos destinados a extranjeros. Además anuncian cambios en el sistema
agrícola.
En abril de 2010 se entregan
pequeños salones de belleza a empleados, se introduce el pago de impuestos. Es
el primer experimento de este tipo desde la nacionalización de los pequeños
negocios en 1968.
En enero de 2011 comenzó la
reducción de puestos de trabajo estatales y se habla del trabajo por cuenta
propia. El VI Congreso del Partido Comunista de Cuba aprobó un plan de reformas
económicas y sociales. Ese año se legaliza la compra-venta de autos y de
viviendas entre particulares.
El 17 de diciembre de 2014 se
anuncian conversaciones con EE.UU. para normalizar su relación. Se está
negociando la apertura de embajadas y el fin del bloqueo, entre otros temas.
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