Diplomacia pública: cómo vender un país sin que
se note
La Nación - domingo, 4 de enero de 2015
No todas las guerras se libran con armas: cada
vez más países adoptan estrategias de persuasión global para construir una
reputación que les asegure, en el futuro, profesionales, inversores, turistas o
estudiantes. Cómo es el juego que las economías emergentes ya aprendieron a
jugar
¿Qué tienen en común las becas Fulbright, el
Instituto Confucio, el canal de TV ruso RT, la monarquía británica, los viajes
del Papa y los Juegos Olímpicos? Que, lejos de considerarse temas menores,
"blandos" o superficiales, hoy tienen su lugar en las discusiones de
estrategia política y económica de los países más diversos. Junto con otros que
se multiplican aquí y allá, son todos ejemplos de herramientas de diplomacia
pública, esos esfuerzos de persuasión global destinados a lograr lo que la
competencia planetaria impone: construir una cierta imagen de un país en las
mentes -y, de ahí, en las opiniones, las decisiones de inversión, las ideas- de
los ciudadanos del resto del mundo.
De Estados Unidos a Australia, de China a los
países árabes, de Colombia a España, los países más diversos aprendieron que un
ex alumno universitario es un embajador informal perpetuo cuando regresa a su
país; que organizar el Mundial de fútbol da una oportunidad de oro por un mes;
que una empresa privada innovadora dice algo del lugar en que nació, y que una
primera dama carismática -como la cantante Peng Liyuan, esposa del presidente
chino- puede trasladar algo de su encanto al resto del país.
También, que las guerras siguen teniendo su
correlato en disputas de influencia, como lo mostró el año pasado Rusia en
Ucrania y hasta Estado Islámico en Siria e Irak.
¿Qué es lo que hace que la diplomacia pública
se haya vuelto tan atractiva como para que se le destinen presupuestos
crecientes, organismos específicos, especializaciones académicas, blogs y
encuentros internacionales? Los expertos coinciden: cuando la información
circula ad infinítum por las redes sociales, los blogueros desmienten a los
gobiernos y se establecen lazos entre personas de distintos países sin
mediaciones institucionales, los ciudadanos pueden no estar atentos a las variaciones
del PBI o del coeficiente de Gini, pero saben muy bien qué país se preocupa por
el medio ambiente, cuál tiene una política humanitaria hacia los refugiados,
quién da importancia a la innovación o en cuál las políticas de infancia
empiezan más temprano. Así, en plena competencia por la reputación global, los
países emergentes, sobre todo ellos, necesitan lograr una imagen favorable ante
el resto del mundo, a menudo desviando la atención de sus puntos menos
positivos. No en vano, como coinciden los especialistas, en su ascenso como
"potencia nacional global", China se ha vuelto "el jugador más
activo en diplomacia pública del mundo".
"La diplomacia pública no es una relación
de Estado a Estado, sino de Estado a las sociedades de otros países, con la idea
de darle a la gente una serie de herramientas para entender mejor al propio
país", apunta Gino Pauselli, especialista en relaciones internacionales y
asistente de investigación en la Universidad de San Andrés. Soft power, marca
país, medios digitales y redes sociales, el Estado, las industrias culturales y
las ONG forman un entramado que se sintetiza en una de las máximas de estos
saberes: en el mundo interconectado en el que vivimos, todos somos
diplomáticos.
"Es una estrategia de persuasión que
supone un trabajo a largo plazo, que involucra a todas las áreas de gobierno y
a muchos actores. El objetivo suele ser el desarrollo económico masivo en el
extranjero, y necesita por eso que los cambios de gobierno no modifiquen la
estrategia de fondo", completa Mariana Mangiarotti, consultora en temas de
reputación de ciudades, países y regiones, fundadora de Branding Places.
"La diplomacia pública hoy funciona porque la opinión pública tiene un
poder creciente, porque logra resultados económicos duraderos y comprobables en
el tiempo, y porque el mundo está virando a la cooperación, al poder blando y a
ciertas temáticas humanitarias, como todas las que involucran a las mujeres, el
medio ambiente, la pobreza y las minorías", afirma.
Claro que "vender" Estados Unidos
-que a menudo implica en realidad contrarrestar algunas imágenes del país- o la
amable y atractiva Australia -rankeada como uno de los mejores lugares para
vivir- no es lo mismo que hacerlo con Colombia -marcada en su imagen externa
por la violencia del narcotráfico-, o mejorar la imagen de países como China y
Rusia, con recursos abultados pero complicadas marcas que revertir
(autoritarismo, represión de la disidencia, violencia militar), incluso desde
el marketing nacional.
"Con mucha frecuencia, los países buscan
soluciones rápidas para sus problemas en la diplomacia pública, cuando sería
mucho más útil que escucharan lo que sus clientes y visitantes internacionales
tienen para decirles. Sucede muy seguido que los funcionarios de gobierno rotan
por las oficinas y no se quedan mucho tiempo para institucionalizar ningún
cambio real. La diplomacia pública necesita continuidad, no sólo
personalidad", afirma a la nacion Nancy Snow (@drpersuasion en Twitter),
experta norteamericana en relaciones internacionales y públicas, que trabaja
analizando in situ el caso de la marca Japón.
HERRAMIENTA COMERCIAL
De hecho, la diplomacia pública se mueve en las
fronteras de la propaganda, el marketing y la antropología, y muchas veces se
superpone con la más conocida "marca país", en rigor, una estrategia
de más corto plazo que implica una definición de identidad y posicionamiento,
un logo, una tipografía, colores y maneras visuales de comunicarlo. Desde el
mundo del branding, se hacen distinciones cuando se trata de trabajar con un
país y no, por ejemplo, con una empresa privada o un producto de consumo.
"Cada persona tiene una visión de un país y hay países con ventaja. Un
primer filtro que tienen que pasar los países es la llamada awareness,
transmitir a la gente que existen. Hay países que eso lo tienen garantizado. El
segundo filtro es la familiaridad: qué podés decir de ese país", dice
Gustavo Koniszczer, director para el cono sur de FutureBrand, una consultora
británica con cuatro oficinas en América latina, gestionadas desde Buenos
Aires, donde se diseñó la exitosa marca país de Perú, y se trabajó con Costa
Rica, Chile y la Argentina. "La marca país no es el nuevo himno, ni la
nueva bandera, ni el nuevo escudo: es una herramienta comercial que se destina
al turismo, las exportaciones, la inversión y la cultura", dice
Koniszczer.
Australia -ese Primer Mundo del Sur- es una
referencia ineludible en diplomacia pública, un área que está en el corazón de
su política exterior y que se basa, como indican las mejores prácticas, en una
definición precisa del país que se intenta transmitir. "Australia
Unlimited" es el eslogan presente en todas las actividades de gobierno,
que intenta mostrar un país "con una democracia estable y culturalmente
diverso, con una fuerza de trabajo altamente capacitada y una de las economías
más sólidas del planeta". Un buen lugar para invertir, en otras palabras.
Según su estrategia 2014-2016, Australia provee
"un entorno competitivo para las inversiones, una economía abierta y
resiliente, un marco regulatorio predecible"; es "la puerta de
entrada a la zona de Asia Pacífico", "un socio confiable", un
país "innovador y creativo". Para cada punto hay políticas precisas,
desde la "diplomacia deportiva" -organización de campeonatos
asiáticos de fútbol-, la científica -promoción de proyectos conjuntos de
investigación con científicos de otros países-, la atracción de estudiantes
extranjeros con facilidades de trabajo -es su tercera industria exportadora-,
contactos entre ex alumnos y posibilidades de negocios en el país, programas de
visitas de líderes y periodistas, y hasta una iniciativa para enfocar acciones
concretas en países elegidos (en 2014 fue Indonesia; este año es Turquía, y en
2016 será Brasil).
Estados Unidos es otra referencia de política
continuada en el tiempo, que no sólo sale del Departamento de Estado, sino, más
informalmente, de la industria cinematográfica de Hollywood a Disney,
McDonald's o Starbucks. "Entendemos la diplomacia pública como algo en
constante cambio, pero creemos que siempre se trata de reunir personas.
Tradicionalmente la estrategia se dirigía a establecer diálogos con las elites
de los países. Hoy, además, queremos generar lazos con la gente común",
dice Christine Meyer, agregada cultural de la embajada norteamericana en la
Argentina.
¿Y cuál es el foco de las estrategias?
"Jóvenes, jóvenes y jóvenes", responde. Y enumera de entre más de 250
programas en la Argentina: una red de ex alumnos de universidades
norteamericanas en distintos países; el programa Youth Ambassadors, que lleva a
chicos de 16 años a pasar un mes a EE.UU., sin experiencia previa en el país;
un programa de visitas de algunas semanas para jóvenes profesionales en
distintas áreas; las tradicionales becas Fulbright de intercambio educativo;
centros binacionales en casi todas las provincias; cursos gratuitos de inglés.
"Mucha gente cree que conoce EE.UU., pero sólo cuando uno va allí se da
cuenta de que quizá no lo conoce tan bien. Queremos mostrar la diversidad que
tiene el país y generar compromisos uno a uno", dice Meyer.
En terrenos menos amables, hay quienes marcan
que, más allá de la inversión en influencia que supone la diplomacia pública,
en algunos escenarios debería actuarse con más agresividad. "La diplomacia
pública trata de presentar alternativas de manera decidida para contrarrestar
los mensajes de los adversarios", escribió hace un mes Philip Serb,
experto del Centro de Diplomacia Pública de la Universidad de Carolina del Sur.
Son consejos para Estados Unidos ante las estrategias de posicionamiento de Rusia
en Ucrania y de China en buena parte de Asia. "La estrategia china
requiere una respuesta de diplomacia pública dirigida a lugares donde China
puede ser vulnerable. En África, por ejemplo, muchos consideran las inversiones
chinas un nuevo colonialismo. Los esfuerzos para mostrar que hay alternativas a
esa manera de trabajar con África pueden ser útiles", sugirió Serb.
Doble discurso
Sin embargo, las estrategias de diplomacia
pública de países como Rusia o China están tan dirigidas a las sociedades
extranjeras como a moldear renovadas imágenes hacia adentro de sus propios
países. Así, mientras el Instituto Confucio -dedicado a promover la cultura y
el idioma chino en el mundo- es la institución de su tipo que más crece en el
planeta, el presidente Xi Jinping convirtió el "sueño chino" en el
eslogan de su gobierno, un mensaje de equilibrio complicado entre el desarrollo
económico, el posicionamiento global y los valores tradicionales del país. En
octubre, al lanzar un programa para las industrias creativas de China en el
mundo, dijo que el arte debía "promover los valores chinos contemporáneos,
mostrar la cultura tradicional y los gustos estéticos de los chinos".
Empresas como Lenovo o Baidu, en el área tecnológica, se encargan de expandir
por el mundo otra cara del país, como ha logrado Samsung con Corea del Sur.
Rusia parece haber adoptado una estrategia
similar: mientras el canal de TV ruso RT -que hace poco se anunció en la
Argentina- expande "una mirada rusa" sobre los fenómenos políticos y
económicos, se organizan los Juegos Olímpicos de invierno en Sochi, se prepara
el Mundial de fútbol en 2018 y se crea la Fundación Russkiy Mir para
"convertir el mundo ruso en un proyecto global", hay esfuerzos
similares para celebrar la historia, la cultura y la lengua rusas internamente,
con el uso del ballet, la literatura, la exploración del espacio y hasta el
papel de la Iglesia Ortodoxa como transmisora de la "unidad rusa".
Hay, sin embargo, quienes marcan que las estrategias rusas están altamente
centralizadas, transmiten la noción del país imperial -lo cual no es muy
adecuado para muchas audiencias- y se siguen construyendo "de arriba hacia
abajo".
Con menos recursos, Nigeria ha logrado instalar
Nollywood, su industria cinematográfica en crecimiento; Turquía promueve sus
telenovelas en la región; la India ha hecho del yoga un vehículo de
presentación del país; Qatar invierte crecientes recursos en investigación
científica, educación y desarrollo local, para apoyar "a una sociedad
abierta e innovadora", y Perú desarrolló una ambiciosa marca país como una
nación "polifacética, especialista y cautivadora", que lo está
colocando en el mapa, desde la gastronomía hasta los foros internacionales.
Hay, además, casos menos exitosos. "Japón
no está internacionalizado en la medida en que se podría esperar de la tercera
economía del mundo, sino que está marcadamente orientado a lo doméstico. Tiene
un mercado interno envidiable, pero por esa solidez y tamaño, no hay presión en
las industrias para globalizarse. Las industrias que lo hacen -el animé, el
manga, la moda, los grupos pop- son de nicho", dice Snow. "Japón
sufre de los peores estereotipos: rareza, inhabilidad para socializar y
aislamiento. Hay un gran respeto por su cultura, su seguridad, limpieza y
trabajo duro, pero menos inclinación por algunas de sus retóricas y acciones
oficiales."
"La diplomacia pública no cambia el
terreno sustancialmente. Es un trabajo muy arduo para lograr pequeños cambios
en el largo plazo. Puede ayudar a preparar el territorio para ciertas discusiones
y estrategias de acción, pero no puede lograr lo impensable", aporta
Pauselli. Eso, aun en el mundo interconectado en que convivimos, parece
depender todavía del idioma que hablan las elites.
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