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domingo, 16 de octubre de 2016

los Romanov

 La devastadora historia de los Romanov


El Confidencial - sábado, 15 de octubre de 2016
A la una de la mañana del 17 de julio de 1918, el que fuera zar de Rusia, Nicolás II, la zarina Alejandra, sus cinco hijos y cuatro sirvientes, incluido el médico, fueron llevados al sótano de la mansión en los Urales en la que estaban recluidos y un grupo de revolucionarios los masacraron y los quemaron.
La brutal escena sigue fascinándonos hoy y el misterio rodea a los cuerpos, que pasaron la mayor parte de la centuria en dos tumbas sin marcar, de las que nadie sabía la ubicación excepto los dirigentes soviéticos. En 1979 unos historiadores aficionados encontraron los restos de parte de la familia y en 1991, tras el derrumbe de la URSS, se confirmaron sus identidades mediante pruebas de ADN. Los dos niños Romanov que quedaban se encontraron en 2007 y pasaron pruebas científicas similares, pero sorprendentemente la Iglesia Ortodoxa rusa cuestionó la validez de las comprobaciones. En vez de volver a enterrarlos, los cuerpos de los pequeños Alexei y María fueron almacenados en los archivos del estado hasta 2015, cuando fueron examinados de nuevo.

El historiador Simon Sebag Montefiore ha entrado en detalles sobre esta historia en 'The Romanovs, 1613-1618', publicado este año y del que ya hemos hablado en 'El Confidencial'. En la revista 'Town & Country' el autor recuerda que el pasado otoño se reabrió la investigación oficial sobre el asesinato y se exhumaron los restos del zar y la zarina, generándose informes contradictorios del gobierno y los funcionarios de la iglesia y devolviendo a la actualidad lo sucedido a la familia imperial.
En palabras de Sebag, Nicolás era guapo y su aparente debilidad escondía a un ser prepotente, que despreciaba a la clase política, era ferozmente antisemita y no dudaba de su derecho sagrado a gobernar. Alejandra y él se casaron por amor, algo muy poco habitual por entonces. Ella aportó al matrimonio una mentalidad paranoica, un fanatismo místico (recordemos a Rasputin) y otro peligro más, la hemofilia, que contagió a su hijo, el heredero.



Heridas
En 1998, el nuevo entierro de los Romanov se llevó a cabo en una solemne ceremonia oficial que pretendía cerrar las heridas abiertas del pasado de los rusos. El presidente Yeltsin habló de la necesidad de que el cambio político no volviera a llevarse a cabo nunca por medio de la violencia. Muchos ortodoxos volvieron a mostrarse reticentes y vieron el evento como algo forzado por el presidente para promover su agenda politica liberal democrática en la antigua URSS.

En 2000, la Iglesia Ortodoxa consiguió otro tanto al canonizar a la familia, con lo que los cuerpos pasaban a ser reliquias sagradas y se hacía, según ellos, más necesario que nunca identificarlos con toda seguridad. Cuando Yeltsin renunció en favor del desconocido Vladimir Putin, coronel de la KGB, el joven líder, que seguía viendo la caída de la Rusia soviética como "la mayor catástrofe del siglo XX", comenzó a concentrar el poder, bloqueando influencias extranjeras y promoviendo la fe ortodoxa y una política exterior agresiva. Irónicamente, reflexiona Sebag, parecía haber aprendido de los Romanov.

Putin es un realista político y sigue la estela de los líderes de la Rusia más fuerte, desde Pedro el Grande a Stalin: líderes personalistas contra la amenaza internacional. La postura de Putin, poniendo en cuestión los hallazgos científicos (un pequeño amago de guerra fría: en el equipo investigador había muchos americanos), apaciguó a la Iglesia y dio cancha a las teorías conspiracionistas, nacionalistas y antisemitas sobre los cadáveres de los Romanov. Una de ellas era que Lenin y sus seguidores, muchos de ellos judíos, habían llevado los cuerpos a Moscú, y podían ser los responsables del estado (destrozado) de los huesos. ¿Eran realmente el zar y su familia? ¿O había escapado alguien?


En la guerra contra el Ejército Blanco, los bolcheviques optaron por el terror sin matices. Llevaron a la familia a Moscú, más cerca del nuevo gobierno soviético, en un terrorífico viaje en tren y carruaje. El adolescente Alexei tuvo una hemorragia y hubo que dejarlo atrás, y varias de sus hermanas sufrieron abusos sexuales en el tren. Cuando por fin estuvieron reunidos en la mansión que sería su tumba, su vida no volvió a la normalidad. Reconvirtieron el lugar en una prisión, con muros fortificados y nichos de ametralladora. Con todo, fueron adaptándose. La hija mayor, Olga, pasó por una depresión, pero los más pequeños jugaban, menos conscientes de lo sucedido. María tuvo un romance con uno de los guardias que los vigilaban y los bolcheviques cambiaron al equipo y endurecieron las normas de la cárcel-mansión.

Cuando fue obvio que los soldados blancos iban a tomar la ciudad en la que se encontraba la fortaleza, Lenin aprobó 'off the record' la sentencia de muerte de toda la familia, planificada por Yákov Yurovski. La idea era enterrarlos en los bosques cercanos sin dejar rastro, una matanza limpia y rápida, si no hubiera estado mal planeada y peor ejecutada. Cada asesino debía encargarse de una víctima, pero parece que a la hora de la verdad los encargados de la tarea esquivaron a las chicas. Además, todos llevaban chalecos antibalas, así que, cuando todo empezó a arder entre el humo y los gritos, quedaban vivos aún la mayor parte de los Romanov, heridos y llorando aterrorizados.
Otro detalle que empeoró su agonía fueron los diamantes que los niños escondían entre sus ropas, que habían estado cosiendo por si tenían que huir. Su dureza alargó los últimos momentos de la familia y los asesinos tuvieron que recurrir a golpes de bayoneta y disparos en la cabeza. Uno de ellos describió el suelo como una pista de hielo, resbaladiza a causa de la sangre y los sesos.


Cicatrices
Tras la escena, los asesinos, borrachos, discutieron sobre dónde llevar los cuerpos. Los saquearon, los amontonaron en un camión que se averió y, para colmo, en el último momento se vio que no cabían en las fosas que tenían preparadas. Habían quemado sus ropas y yacían desnudos. Yurovski, en pánico, improvisó otro plan: dejó los cuerpos y volvió a Ekaterinburgo a por material. Pasó tres días sin dormir haciendo viajes de ida y vuelta con ácido sulfúrico y gasolina para destruir los cuerpos, que decidió enterrar en lugares separados para confundir a quien los pudiera buscar. Nunca debía saberse nada de lo sucedido. Tras golpear los cuerpos con culatas de fusil, rociarlos con ácido y quemarlos con gasolina, los enterró.

Sebag se pregunta qué sucederá cuando en 2017 se celebre el centenario de la revolución. ¿Qué pasará con los restos de la familia? El país no quiere perder su antigua gloria histórica, y reconociliarse con el pasado es siempre positivo, pero las dudas sobre la legitimidad de las monarquías siguen provocando debates. Nuevas pruebas promovidas por la Iglesia Ortodoxa y llevadas a cabo por un Comité de Investigación creado por Putin volvieron a provocar la exhumación de los cuerpos y se comparó el ADN con parientes vivos de la familia como el príncipe Felipe de Inglaterra, una de cuyas abuelas era la gran duquesa Olga Constantinovna Romanov, lo que le convierte en tataranieto del zar Nicolás I.


Que la Iglesia aún decida sobre cuestiones tan importantes llama la atención en el resto de Europa, así como la opacidad y la desordenada sucesión de enterramientos, desenterramientos y pruebas a unos y otros miembros de la familia en lo que parecen caprichosas tandas. La mayor parte de observadores en el Kremlin creen que la decisión final sobre qué hacer con los restos en el centenario será de Putin. ¿Logrará por fin reconciliar la imagen de la revolución del 17 con la de la matanza del 18? ¿Tendrá que hacer dos ceremonias distintas, una para ensalzar a cada bando? ¿Habrá honores reales para los Romanov, o religiosos, como corresponde a su santidad?
En los libros de texto de Putin muchos de los líderes del Imperio Ruso siguen apareciendo como héroes, no ideológicos pero sí gloriosos. Gorbachov y el último zar Romanov abdicaron, Putin ha dicho que él jamás lo hará.


El historiador dice no haber censurado nada de los archivos que estudió en su reciente libro sobre la dinastía Romanov... excepto los detalles más escabrosos del asesinato. Cuando llevaban los cuerpos a los bosques, dos de las princesas gimieron y hubo que rematarlas. Dice el autor que, sea cual sea el futuro del país, nadie podrá dejar de lamentar la desgarradora escena que puso fin a sus vidas.