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viernes, 12 de febrero de 2016

revelación

La sorprendente revelación sobre el asesinato de Robert Kennedy: un enigma más


El Confidencial - viernes, 12 de febrero de 2016
El pasado miércoles se celebró en San Diego una vista para decidir si el asesino convicto de Robert F. Kennedy, el palestino de nacionalidad jordana Sirhan Sirhan, obtenía la libertad condicional que lleva solicitando desde 1985. Pero en esta ocasión, Sirhan contó con un aliado inesperado.

Paul Schrade era un amigo íntimo de la familia Kennedy, y se encontraba junto a Robert la madrugada del 5 de junio de 1968, cuando el senador por el estado de Nueva York y, desde hacía unas horas, candidato a la Presidencia por el Partido Demócrata, fue asesinado. Él mismo recibió un tiro en la cabeza y, desde hace 40 años, tiene claro quién le disparo: fue Sirhan Sirhan. Pero, por eso mismo, está convencido de que el hombre que lleva casi 48 años entre rejas por asesinar a RFK nunca fue culpable de su muerte: el pistolero que acabó con el séptimo Kennedy desapareció de la escena del crimen y nunca fue identificado.

Según ha explicado AP, en la audiencia, Schrade, que tiene ya 90 años, se encontró de nuevo con Sirhan, al que no veía desde el juicio de 1969, y trató de convencer al juez de que el palestino nunca fue culpable del asesinato de RFK. “Debería haber estado aquí hace mucho tiempo”, reconoció Schrade al convicto, “y me siento culpable de no haber estado para ayudarte a ti y a mí”.
Su esfuerzo fue en vano. Como ocurrió en las 13 audiencias anteriores para decidir la libertad condicional de Sirhan, su solicitud fue denegada.


La teoría del segundo pistolero
En una breve declaración, hecha pública antes de la audiencia, Schrade resumió su versión de lo acontecido: “El LAPD [Departamento de Policía de Los Ángeles] y la LADA [la Oficina del Fiscal del Condado de Los Ángeles] sabían dos horas después del disparo fatal de Robert Kennedy que este había sido efectuado por un segundo pistolero y tenían pruebas concluyentes de que Sirhan Bishara Sirhan no pudo hacerlo y no lo hizo. El acta oficial muestra que la fiscalía nunca tuvo un solo testigo -ni evidencias físicas ni balísticas- para probar que Sirhan disparó a Robert Kennedy. Las evidencias, guardadas bajo llave durante 20 años, muestran que el LAPD destruyó las pruebas físicas y escondió las evidencias balísticas que exoneraban a Sirhan, encubriendo la existencia de un segundo pistolero, que fue el que hirió fatalmente a Robert Kennedy”.

El doctor Shane O'Shullivan, autor del libro 'Who Killed Bobby? The Unsolved Murder of Robert F. Kennedy' (Sterling Pub), es el investigador que más ha estudiado el asesinato, y coincide al cien por cien con la versión de la historia narrada por Schrade. Como explica en un artículo publicado en 'Who What Why' con motivo de la decimocuarta petición de libertad de Sirhan, la investigación del asesinato de RFK estuvo llena de irregularidades y es imposible sostener la idea de que hubo un solo pistolero en la escena del crimen.

El 4 de junio de 1968, RFK logró la mayor victoria de su carrera política, al vencer en las primarias del estado de California y Dakota del Sur, lo que despejaba su camino hacia la batalla presidencial. Por la noche, el senador pronunció su último discurso en el hotel Ambassador de Los Ángeles.
Schrader, que era el jefe de personal de la campaña de RFK, estaba sentado junto a él durante el discurso y, al finalizar este, caminaba unos dos metros por detrás del senador, a través de la despensa del hotel, de camino a la sala de prensa. Entonces, poco después de la medianoche, comenzó el tiroteo.

El senador se detuvo un momento para estrechar la mano de algunos ayudantes y empezó de nuevo a caminar cuando Schrade, que trasladó a O'Shullivan lo que recuerda de aquella noche con todo detalle, vio destellos luminosos y escuchó “un sonido crepitante como de electricidad”. Lo primero que pensó es que se había electrocutado al pisar unos cables de televisión mojados, pero entonces fue golpeado en el centro de la frente, cayó al suelo y perdió el conocimiento. Como reconoció después, tuvo mucha suerte: “Si la bala que impactó en mi frente hubiera entrado unos milímetros más abajo, habría muerto en el acto”.

La autopsia de RFK desveló que una bala había pasado a través de la hombrera derecha de su chaqueta sin entrar en su cuerpo, otras dos le habían alcanzado debajo de la axila derecha, y el tiro fatal impactó en el cráneo unos centímetros por detrás de la oreja, atravesando el cerebro. En total, Kennedy recibió cuatro balazos y, aunque no murió nadie más, otras cinco personas resultaron heridas por distintos proyectiles.

La policía de Los Ángeles debía justificar, por lo tanto, la procedencia de nueve disparos, con el inconveniente de que su único sospechoso tenía una pistola en la que solo cabían ocho balas. La solución que encontró Deawayne Wolfer, el investigador principal del caso, fue explicar que la segunda bala que disparó Sirhan “había pasado a través de la hombrera de la chaqueta de Kennedy y viajó hacia arriba [en un ángulo de 80 grados] para golpear a Schrade en la frente”.
Como explicó el propio Schrade al periodista Dan Moldea, esto solo podría haber ocurrido “si midiera 2,70 metros o hubiera tenido la cabeza apoyada en el hombro de Kenedy”. Por si la explicación del LAPD no fuera lo suficientemente absurda, el agente del FBI William Bailey encontró otras dos balas más en la escena del crimen, solo unas horas después del tiroteo.


Demasiadas pruebas que no encajan
Parece claro que las evidencias balísticas no sustentan la versión oficial del asesinato de RFK, pero tampoco lo hacen las historias que contaron los múltiples testigos del crimen. El 'maître' del hotel, Karl Uecker, que estaba guiando a Kennedy a través de la despensa sujetando su brazo derecho, insiste en que agarró a Sirhan después de que disparara dos veces, y coloco su mano sobre una mesa de vapor. El palestino no dejó de apretar el gatillo, pero Uecker insiste en que no hubo forma de que Sirhan volviera a apuntar hacia Kennedy, por lo que no pudo efectuar los cuatro disparos sobre él.

Otro trabajador del hotel, Eddi Minasian, corroboró la versión de los hechos dada por el 'maître' y aseguró, además, que Schrade cayó al suelo antes que Kennedy, lo que implica que fue él quien recibió el primer disparo. Lo mismo vio Frank Burns, un abogado que estaba también en la escena y vio claramente toda la secuencia: el disparo que impactó en RFK no salió de la pistola de Sirhan.

La versión oficial del asesinato tampoco encaja con el único documento sonoro que recoge el crimen: la grabación que realizó el periodista Stanislaw Pruszynski. Como explicó en la CNN el forense Philip Van Praag, en la cinta se pueden escuchar perfectamente 13 disparos. Primero hay dos disparos, después una pausa de segundo y medio (momento en el cual, cree el experto, el 'maître' agarró la mano de Sirhan) y tras esto se escuchan el resto de disparos. Lo interesante es que, entre los disparos tres y cuatro, y siete y ocho, Van Praag asegura que no existe el suficiente tiempo como para que el sonido provenga de la misma pistola. Son disparos efectuados casi a la vez desde puntos distintos. Cinco de los disparos -el tercero, el quinto, el octavo, el décimo y el duodécimo- tienen una “frecuencia anómala” que indica que provenían de otra pistola, situada en dirección opuesta a la que portaba Sirhan.

Scharade fue el primero que pidió reabrir el caso de RFK en 1974. Dos años después, se reexaminaron las pruebas balísticas, pero no se llegó a ninguna conclusión. En 1988 logró que se desclasificaran los documentos policiales sobre el caso, y se descubrió que el LAPD había destruido gran parte de las pruebas, pero tampoco se cambió la versión oficial del caso. En 2011, los abogados de Sirhan, William Pepper y Laurie Dusek, aportaron nuevas pruebas al caso (la grabación de Pruszynski y una declaración médica en la que se aseguraba que el palestino no recordaba nada de lo que ocurrió el día del crimen). En enero de 2015, el juzgado desestimó las nuevas alegaciones.


¿El primer terrorista árabe?
Aunque parece claro que el palestino no acabó con la vida de RFK, aún nadie sabe por qué trató de matarle. Cierto es que Sirhan veía con malos ojos la política de Kennedy respecto al conflicto palestino-israelí, pero todo lo que rodea al asesinato es tremendamente confuso. La policía logró extraer una confesión de culpabilidad solo cuatro días después del crimen, una confesión de la que Sirhan se retractó después, asegurando que no recordaba haberla hecho, pues ni siquiera tenía memoria de lo ocurrido la noche del asesinato.

La teoría más extendida entre los defensores de Sirhan, incluido su primer abogado, Lawrence Teeter, es que el palestino fue víctima de una conspiración gubernamental: fue hipnotizado, y puede que drogado, para convencerle de que debía matar a RFK, algo que trató de hacer, sin éxito, en un estado de absoluta enajenación. Esta versión de los hechos puede parecer peregrina, pero aún lo es más negar que el juicio de Sirhan no estuvo lleno de irregularidades y que todo apunta a la participación de un segundo pistolero del que nadie sabe nada.

Cuestión aparte, independientemente de su culpabilidad, es lo injusto que ha sido el sistema penitenciario con el palestino. En marzo, Sirhan cumplirá 72 años, 48 de los cuales los ha pasado en prisión por un crimen del que no recuerda nada. Aunque había sido condenado a morir en la cámara de gas, tres años después el estado de California abolió la pena de muerte, por lo que su condena pasó a ser de cadena perpetua.

En 1975, el gobernador de California anunció su intención de revisar todas las cadenas perpetuas indeterminadas y dar a los reos una fecha a partir de la cuál podían optar a la libertad condicional. Dado el tiempo que pasó en la cárcel antes del juicio, Sirhan pudo pedir su libertad a partir del 1 de marzo de 1985. La mayoría de presos condenados por asesinato en primer grado son liberados, de media, después de 11 años de solicitar la condicional. Pero, claro está, Sirhan no es un preso cualquiera. Y, además, tiene muy mala suerte.

Según explicó Munir, el hermano de Sirhan, un compañero de celda le regaló una televisión unos días antes del ataque terrorista del 11-S. La mañana de los atentados, nada más salir de la ducha, Sirhan estaba viendo las noticias, con una toalla enrollada en su cabeza. Los guardias le vieron y aseguraron que tenía relación con terroristas árabes y conocía previamente lo que iba a suceder en Nueva York. Pasó todo un año en régimen de aislamiento, solo y encadenado. Gran parte de la prensa estadounidense le demonizó, asegurando que había sido el primer terrorista árabe, sin tener en cuenta que Sirhan siempre ha sido cristiano. Nunca se ha probado su relación con terroristas.

Tras la decisión del pasado miércoles, Sirhan no podrá solicitar de nuevo la libertad condicional hasta dentro de cinco años.

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