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martes, 10 de noviembre de 2015

alimentos

Los alimentos que curan y la energía que nos aportan: ¿somos lo que comemos?


El Confidencial -   noviembre de 2015
Vivir de una manera saludable es un gran reto. Incluso podría decirse que se está convirtiendo en todo un arte. Ser conscientes de cómo manejar nuestros
Vivir de una manera saludable es un gran reto. Incluso podría decirse que se está convirtiendo en todo un arte. Ser conscientes de cómo manejar nuestros recursos es la forma más adecuada para poder llevar una vida plena y prevenir las enfermedades.

En Alimentos que curan. Nutrición energética para tu cuerpo, tu mente y tus emociones (Oniro), el doctor Jorge Pérez-Calvo y la experta en medicina natural,nutrición energética y psicología Pilar Benítez, realizan un recorrido por los elementos básicos que debería conocer cualquier persona que quiera gobernar su salud en el entorno natural. En este extracto del libro se plantean si es cierto o no aquello de que 'somos lo que comemos' explicando qué es lo que nos proporcionan realmente los alimentos que consumimos.

¿Somos lo que comemos?

Los humanos nos distinguimos por nuestra forma de alimentarnos. Todo animal tiene un programa biológico para alimentarse que le permite funcionar según corresponde a su especie. Una gacela es capaz de saltar cuatro o cinco metros porque ha evolucionado para adaptarse a un medio determinado y porque se alimenta de las hierbas y los pequeños rizomas que encuentra en la sabana o en la estepa; eso le da la capacidad de comportarse como una gacela. Un tigre come la carne de lo que depreda, y eso le da la capacidad de comportarse como un tigre. Si a un tigre le diéramos de comer la comida de una gacela, acabaría cayendo enfermo. También el ser humano enferma cuando come lo que no debe. La dentadura marca las características que indican cómo debe comer una especie. El diseño de nuestra dentadura nos dice cuál es la alimentación apropiada para desarrollar las capacidades que, como humanos, podemos alcanzar en el aspecto físico y mental, en nuestra comprensión del universo y, también, en el terreno emocional y espiritual. Disponemos de la sensibilidad y la capacidad de cuidar de nosotros y de nuestro planeta, de estar en armonía con la creación que está por debajo de nosotros en la escala evolutiva. Por ello es tan importante entender qué alimentos son adecuados para nosotros.
En primer lugar, debemos atender a lo que nos revela nuestro aparato digestivo, empezando por los dientes. La dentadura de cada animal responde a sus necesidades alimenticias y biológicas. Cada especie está programada biológicamente, y tanto su dentadura como su aparato digestivo han evolucionado para adaptarse lo mejor posible al tipo de alimentación que le es propio. Así, la dentadura de un depredador, de un carnívoro, está compuesta principalmente por piezas afiladas y cortantes, con el fin de que pueda desgarrar con facilidad la carne.

La dentadura del hombre consta de treinta y dos piezas, veinte de las cuales son molares y premolares, es decir, piezas planas destinadas a moler; ocho son incisivos, piezas especializadas en cortar, y las cuatro restantes son caninos, piezas puntiagudas, cuya función es desgarrar. En términos porcentuales, el 62,5% de nuestra dentadura está destinado a moler; el 25%, a cortar, y el 12,5% restante, a desgarrar. Estos datos nos proporcionan una idea muy aproximada de la proporción, en volumen, de los distintos tipos de alimentos a nuestro alcance que debemos consumir.

Una dieta estándar, por tanto, debería estar compuesta, aproximadamente, de un 62 % de cereales, legumbres y semillas; un 26% de frutas y verduras, y un 12% de proteínas. Hay que añadir que, según los individuos, los colmillos y otros dientes pueden ser más o menos afilados o planos, lo cual puede ser un indicativo de una mayor o menor necesidad de proteína animal; de hecho, diferencias de ese tipo se dan, por ejemplo, entre un esquimal y un caribeño.

El hecho es que el hombre, al estar al final de la escala evolutiva, puede comer de todo, pero no puede alimentarse de todo. Revisando la dentadura, tenemos una de las claves de cómo alimentarnos para adaptarnos a las distintas latitudes y realidades geoclimáticas del planeta. Por ejemplo, en países cálidos, tropicales, con una atmósfera muy expansiva, con dentadura plana, no afilada, diseñada para cortar fruta y verduras, moler legumbres y grano y no para el consumo de carne y proteína animal (muy contractiva), si se consume mayoritariamente proteína animal se produce una atracción hacia alimentos muy expansivos, como las drogas, el azúcar, el alcohol y los condimentos picantes. Esto es lo que ocurre en México, Colombia, Afganistán, etc., lo cual condiciona de forma determinante la «salud» social, económica y general del país.
¿Qué nos proporcionan los alimentos?

Hemos perdido el contacto con la realidad inmediata, con la naturaleza, e ignoramos el hecho de que con los alimentos captamos la energía que hace funcionar correctamente nuestro organismo. Un herbívoro en libertad, en su medio, sabe qué hierba tiene que buscar en el momento en que está enfermo, cuáles debe comer y cuáles no. Pero al parecer, nosotros no; nosotros no tenemos ni idea de lo que nos va bien.

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Parece claro que el desafío consiste en recuperar el instinto perdido, la intuición y el conocimiento para prevenir el desequilibrio. Solo de este modo determinaremos en qué punto está ese desequilibrio y cómo podemos influir sobre él con la alimentación.

Partamos de un concepto ampliamente aceptado: los alimentos son fundamentalmente energía. Todo el universo lo es. La teoría cuántica lo ha demostrado. Según ella, la materia no es más que energía condensada. Veamos en qué se basa esta afirmación. Como sabemos, los átomos están formados por uno o varios electrones y por un núcleo compuesto de protones y neutrones. Los electrones no tienen masa, es decir, son energía en estado puro.
Los protones y los neutrones, en cambio, sí la tienen. Sin embargo, cálculos científicos han probado que si uniéramos todos los núcleos atómicos del universo cabrían en la cabeza de un alfiler, lo cual demuestra que la materia, por sólida que parezca, está vacía.

El hecho de que una sustancia –un alimento, en este caso– nos resulte más o menos sólida es una cuestión de percepción. En realidad, nunca llegamos a tocar nada verdaderamente. Cuando creemos rozar una mesa, por ejemplo, sus electrones y los de los átomos de nuestros dedos no entran en contacto. Si lo hicieran, estaríamos frente a una reacción química, algo que, obviamente, no sucede cuando pasamos la mano por su superficie. Así que la solidez de un objeto no es más que una impresión. Si pudiéramos contemplarlo a nivel subatómico, comprobaríamos que ese objeto, sea cual sea su naturaleza, está formado por ínfimas porciones de masa separadas por enormes espacios huecos; sería como una suerte de universo en el que los núcleos atómicos ejercen de estrellas; los electrones, de planetas, y el resto, millones de kilómetros de puro vacío. De hecho, cuando algo se nos antoja duro o, por el contrario, blando, lo que estamos percibiendo son energías con diferentes longitudes de onda.


En resumen, tanto nosotros como el mundo que nos rodea somos básicamente energía. Y los alimentos, por supuesto, no escapan a esa ley.

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