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martes, 7 de febrero de 2017

los magnates

La era de los magnates


El Mundo - sábado, 4 de febrero de 2017
"El poder es el afrodisiaco definitivo". La frase del consejero de Seguridad Nacional y secretario de Estado con Richard Nixon y Gerald Ford, Henry Kissinger, es, en realidad, una variación de otra de Napoleón: "Las mujeres pertenecen al que puja más alto. El poder es lo que les gusta; es el más poderoso de los afrodisiacos". Así, si tenemos en cuenta a dos de los políticos más controvertidos de los dos últimos siglos -aunque las huellas de Kissinger no vayan a ser visibles en el mundo 200 años después de su muerte, como es el caso de Napoleón-, el poder sirve para atraer al sexo opuesto. El poder político. No el económico.
Lo que sí se supone que trae el poder económico es poder político. Tradicionalmente, el poder económico ha estado vinculado al poder sexual como forma de conquista. Otra cosa, sin embargo, es que los empresarios de éxito se hagan más ricos cuando entran en política. A Michael Bloomberg probablemente hasta le costó dinero ser alcalde de Nueva York. Lo mismo que a Robert Rubin, Hank Paulson, y Jon Corzine (los tres, consejeros delegados de Goldman Sachs que dejaron Wall Street por el poder).

Incluso después de haberle cobrado a su propia campaña hasta el alquiler de las oficinas, y al contribuyente el uso por los agentes del servicio secreto de su avión, Donald Trump se ha gastado más de 50 millones de euros en ser presidente. Después de haber sido primer ministro durante más de ocho años, Berlusconi tiene su imperio mediático en crisis y bajo la amenaza de una compra hostil de la empresa francesa Vivendi. Claro que es posible que la razón de la entrada en política de Berlusconi no fuera ni el poder político ni el económico, sino algo más básico: escapar de la cárcel.
Pero el caso de Berlusconi es sintomático de un nuevo fenómeno: la llegada de los millonarios a la política. Desde luego, el dinero influye en política. Pero durante décadas se ha dado por hecho que los empresarios no entraban directamente en la cosa pública. Ellos eran poderes fácticos, o sea, que gobernaban de hecho, no de derecho. No sólo se trataba de una cuestión de evitar el arribismo por uno y otro lado. Es que también las opiniones públicas de los países democráticos no hubieran tragado.

Si alguno de los nuevos ricos conocidos como barones ladrones de finales del siglo XIX y principios del XX que forjaron la Segunda Revolución Industrial en EEUU -los Morgan, Astor, Carnegie, Vanderbilt, Stanford, Mellon, etcétera- hubieran tratado de hacer carrera política no hubieran ido a ningún lado. La acusación de plutócratas habría sido demoledora para sus aspiraciones. Los herederos del mayor de todos -John Rockefeller- se han pasado ocho décadas pidiendo perdón por la fortuna de su patriarca para tratar de pedir perdón por descender del hombre más rico de la historia excluidas familias reales.
Pero hoy las cosas están cambiando. Ser multimillonario ha dejado de ser un factor que imposibilita la entrada en política. Donald Trump y su gabinete son el mejor ejemplo de ello. Porque, aun después de excluir al presidente, sus colaboradores tienen un patrimonio mayor que 109 millones de estadounidenses juntos. O tal vez más: al secretario del Tesoro, Steven Mnuchin (otro ex Goldman Sachs) se le pasó declarar 100 millones de dólares (94 millones de euros) en su declaración de bienes al Congreso.


Berlusconi, el inicio
Podría pensarse que EEUU es un caso único, porque es una sociedad en la que el éxito económico es sacralizado hasta en forma de mito nacional: el Sueño Americano. Pero no es así. La actual oleada de multimillonarios en la política estadounidense no se veía desde que hace 180 años, cuando Martin Van Buren sucedió a Andrew Jackson en la Casa Blanca. No es que no haya habido millonarios -los mejores ejemplos, John F. Kennedy y Franklin D. Roosevelt- pero, desde la época de los Washington, los Jefferson, los Adams, y los Jackson, nunca se había visto nada parecido.
Y, además, el fenómeno empezó en Europa Occidental, con Berlusconi, que logró el cargo de primer ministro por unos meses en el lejano 1993. Berlusconi es el máximo ejemplo de nuevo rico que entra en política y triunfa, precisamente, por eso mismo. Como Trump, que es para muchos de sus votantes la personificación de lo que ellos harían si fueran multimillonarios.

La creciente aceptación de los millonarios en la política es casi un fenómeno global. Hace un mes, en Haití, el país más pobre de América, eligieron al empresario Jovenel Moise como nuevo presidente de la isla. Moise, que ganó con mayoría absoluta, es un magnate del sector bananero y energético. Estados Unidos y Haití, ricos y pobres, votaron lo mismo en espacio de dos meses.
El ruso Mijaíl Projorov, dueño del equipo de baloncesto neoyorkino Brooklyn Nets quedó tercero en las elecciones rusas de 2012. Alexander Lebedev, que es propietario de los diarios londinenses The Independent y Evening Standard, lleva más de una década en la política rusa. Savitri Jindal no es sólo la décimosexta persona más rica de la india, sino una de las principales líderes del Congreso Nacional Indio, uno de los dos partidos que tradicionalmente han dominado la política de la mayor democracia del mundo, y que solía haber estado controlado por una familia política a la antigua usanza: los Nehru-Gandhi.

Sea lo que sea, lo cierto es que tener una carrera en el sector privado se ha convertido en muchos casos en un factor de ayuda en los sueños políticos, del mismo modo que en el pasado lo era tener un historial militar. Mitt Romney (700 millones de dólares) llegó a plantear en 2012 una enmienda de la Constitución de Estados Unidos que exigiera a todo candidato a la Casa Blanca haber pasado al menos tres años en el sector privado. Paradojas de la política, Romney hizo esas declaraciones justo después de haber asistido a una cena en Las Vegas de la que salió con el apoyo expreso de Donald Trump, otro millonario al que cuatro años más tarde iba a llamar, entre otras cosas, "un fraude".


En Europa, los millonarios vienen por el este

La escuela Berlusconi tiene en Europa varios alumnos aventajados. A las elecciones búlgaras de diciembre de 2016 se presentaron, entre una veintena de candidatos, dos magnates. Uno de ellos, Veselin Maserhki, dueño de cientos de farmacias y gasolineras, fue el cuarto más votado, con el 11% de los votos. En Polonia, Janusz Palikot, un rico empresario del mundo del vodka, lidera el Movimiento Palikot (también conocido como Tu Movimiento), que se define como liberal, anticlerical y populista. En 2011 se convirtió en la tercera fuerza del país pero en 2015 fue relegado al quinto lugar. Pero quien tiene todas las papeletas para alzarse con el poder al más puro estilo Trump es el checo Andrej Babis, que dirige un emporio de fertilizantes y medios de comunicación. Babis es el actual ministro de Economía y todo apunta a que en marzo de este año se convertirá en el nuevo Primer Ministro del país. No será el primero. Desde 2014, en Ucrania gobierna uno de los empresarios más ricos del país, Petro Poroshenko, conocido como 'el Rey del Chocolate'.

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