Los millennials y la trampa de Tinder
nwnoticias.com-Abr 2015
Los milenarios resisten la atracción
tradicional de los suburbios aferrándose al trabajo y el placer carnal de las
ciudades.
Después de todo, la tecnología no cumplió su
promesa de aplanar el mundo. La lógica dice que debió acabar con la geografía:
“aplanar el mundo”, en el léxico de Thomas Friedman, permitiendo que la gente
viviera en cualquier parte y siguiera participando de la economía global. De
modo que si la tecnología fuese lo que prometía, más y más personas estarían
emigrando de las ciudades para tele-trabajar desde encantadores pueblecitos y
cabañas junto al lago.
En vez de eso, corremos a la metrópoli como
hormigas al azucarero. Por primera vez en nuestra historia, hay más personas en
las ciudades de todo el mundo que fuera de ellas. Y no es que los jubilados
estén regresando para seguir la fiesta, sino que los mejores empleos se
encuentran en las ciudades más dinámicas y la gente está dispuesta a
desempeñarlos… ¡en persona! Con la tecnología podríamos trabajar a distancia y
no obstante, optamos por un tráfico infernal, extravagantes costos de vivienda
y zopencos que no soportamos. ¿Qué nos pasa?
Parece que en una economía impelida por la
innovación, hay más innovación cuando la gente inteligente se mezcla con otro
montón de gente inteligente. El economista Enrico Moretti argumenta que la
innovación necesita de un ecosistema y en su libro, The New Geography of Jobs
detalla la migración del trabajo hacia semilleros urbanos como San Francisco,
Nueva York, Boston y Seattle. “Un creciente cúmulo de investigaciones sugiere
que las ciudades no son una simple colección de individuos sino ambientes
complejos e interrelacionados que fomentan la generación de nuevas ideas y
nuevas formas de hacer negocios”, escribe Moretti. “Al formar clústeres
vecinos, los innovadores fomentan el espíritu creativo de los demás y se
vuelven más exitosos”.
Una investigación de City Observatory determinó
que, desde 2007, las ciudades han registrado un crecimiento anual del empleo de
0.5 por ciento, en tanto que los suburbios han experimentado una caída de 0.1
por ciento. Y los milenarios –adultos menores de 30 años, la generación más
numerosa en la historia estadounidense- lideran ese cambio poblacional: un
estudio de la Oficina del Censo de Estados Unidos demuestra que los milenarios
no migran hacia los suburbios de la forma como hicieron las generaciones
precedentes.
Esta situación es muy tangible en el norte de
California, sobre todo en el Valle de Silicona, que no es más que un extenso
suburbio donde el desarrollo tecnológico imperó durante décadas. En la
actualidad, los campus de oficinas-parques de toda el área empiezan a lucir
como viejos centros comerciales, ya que las nuevas superestrellas de la tecnología
han emigrado a los clústeres urbanos de San Francisco.
Lo más absurdo es que, debido a la tecnología,
las oficinas urbanas centralizadas se han vuelto más innecesarias que nunca.
Cuando nació la Web, hace unos 20 años, el trabajo a distancia era apenas
posible. Si usabas una PC, primero tenías que conectarte con aquel escandaloso
módem para ver si tenías la suerte de entrar en alguna primitiva versión de
correo electrónico, mientras que hoy puedes disfrutar de toda una experiencia
de trabajo directamente en el telefonito que llevas en el bolsillo. Hace poco
me reuní con Mark Templeton, CEO de Citrix, quien me mostró el más reciente
ofrecimiento de su empresa, algo que describe como un “lugar de trabajo
definido por el software”. En otras palabras, ahora la tecnología puede ser el
lugar de trabajo y la oficina física serviría, simplemente, como adjunto de una
compañía que existe en el ciberespacio. ¡La tecnología nos dejaría vivir a
distancia mejor que nunca! Podríamos ver a nuestros amigos en Facebook, comprar
en línea, mirar películas y asistir a las clases de Harvard en línea. Si
quieres fundar una empresa en Tuscaloosa o la Conchinchina, no necesitas ir a
visitar a los capitalistas de Sand Hill Road, con sus Tesla y sus relojes
Apple. Mejor métete en Kickstarter y consigue fondos; no importa en dónde
estés.
Así que, en esencia, la única razón para
amontonarnos en las ciudades es la gente. Como explica Moretti, en nuestra
antigua economía manufacturera nos desplazábamos hacia donde se encontraban las
fábricas, lo que obligaba a ir cerca de los recursos requeridos (fábricas de
muebles, cerca de los bosques; acererías, minas de carbón; y así,
sucesivamente). Pero en una economía de innovación, vamos adonde se encuentran
las fábricas de ideas: ciudades repletas de gente.
Los hallazgos de Moretti casan con las
observaciones que hace Steven Johnson en su libro Where Good Ideas Come From,
donde dice que las ideas innovadoras derivan de las conexiones entre las
personas y sus ideas, y que más conexiones crean exponencialmente más ideas. Lo
que conduce a las ciudades.
Al citar estudios históricos, Johnson escribe:
“Una ciudad 10 veces más grande que su vecina no era 10 veces más innovadora,
sino 17 veces más innovadora. Una metrópoli 50 veces más grande que una
población era 150 veces más innovadora”.
Eso explica porqué Marissa Mayer, CEO de Yahoo
ordenó que sus trabajadores tele-empleados regresaran a la oficina; y también
porqué, cuando Hillary Clinton subió el escenario durante la conferencia
Dreamforce del año pasado, declaró que jamás utilizaba Skype con líderes
mundiales (“La tecnología ha dado un valor mucho más alto al contacto
personal”, dijo); en tanto que recientes tendencias administrativas –en
específico, el desarrollo Agile- se sustentan en el trabajo de grupo intenso,
colaborativo y personal.
Por todas esas razones, Moretti argumenta que
la migración a las ciudades de alta innovación es una tendencia perdurable
pues, mientras la innovación sea el camino más seguro hacia la riqueza y el
éxito, la gente inteligente será atraída por el medio más eficaz para innovar.
Y en este momento, ese medio es la ciudad.
Un par de cosas podrían cambiar la situación en
la siguiente década y una de ellas es la tremenda atracción demográfica de los
milenarios. En gran parte, los miembros de esa generación han postergado el
matrimonio y los hijos, así que siguen solteros… y con Tinder. Así que, obvio,
quieren permanecer en las ciudades. Porque, ¿a quién se le antoja vivir en la
zona rural de Iowa, consultar Tinder y descubrir que la fémina accesible más
cercana es una vaca lechera? Esa enorme generación empezará a apreciar el
atractivo de los suburbios solo hasta que comiencen a pasarla mal y decidan
formar familia.
Tal vez entonces la tecnología será lo bastante
adecuada para que la gente abandone las ciudades sin perder el contacto tan
indispensable para la innovación. El “lugar de trabajo definido por el
software” será mejor; las gafas de realidad virtual –hoy exclusivas de los
ricos y ñoños- serán cosa de todos los días y nos permitirán estar en la
oficina sintiéndonos como en una sala de conferencias con media docena de
colegas.
Y quizás, por fin, esa combinación de familia y
tecnología terminará la hazaña de aplanar el mundo, permitiendo que los
milenarios salgan de las urbes en manadas para hacer su innovación virtual en
ambientes más verdes.
Cosa que vendrá de lo más bien a baby boomers
como yo, que estamos esperando a que se larguen para regresar a la ciudad.
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