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martes, 7 de abril de 2015

trampa

Los millennials y la trampa de Tinder


nwnoticias.com-Abr 2015

Los milenarios resisten la atracción tradicional de los suburbios aferrándose al trabajo y el placer carnal de las ciudades.


Después de todo, la tecnología no cumplió su promesa de aplanar el mundo. La lógica dice que debió acabar con la geografía: “aplanar el mundo”, en el léxico de Thomas Friedman, permitiendo que la gente viviera en cualquier parte y siguiera participando de la economía global. De modo que si la tecnología fuese lo que prometía, más y más personas estarían emigrando de las ciudades para tele-trabajar desde encantadores pueblecitos y cabañas junto al lago.

En vez de eso, corremos a la metrópoli como hormigas al azucarero. Por primera vez en nuestra historia, hay más personas en las ciudades de todo el mundo que fuera de ellas. Y no es que los jubilados estén regresando para seguir la fiesta, sino que los mejores empleos se encuentran en las ciudades más dinámicas y la gente está dispuesta a desempeñarlos… ¡en persona! Con la tecnología podríamos trabajar a distancia y no obstante, optamos por un tráfico infernal, extravagantes costos de vivienda y zopencos que no soportamos. ¿Qué nos pasa?

Parece que en una economía impelida por la innovación, hay más innovación cuando la gente inteligente se mezcla con otro montón de gente inteligente. El economista Enrico Moretti argumenta que la innovación necesita de un ecosistema y en su libro, The New Geography of Jobs detalla la migración del trabajo hacia semilleros urbanos como San Francisco, Nueva York, Boston y Seattle. “Un creciente cúmulo de investigaciones sugiere que las ciudades no son una simple colección de individuos sino ambientes complejos e interrelacionados que fomentan la generación de nuevas ideas y nuevas formas de hacer negocios”, escribe Moretti. “Al formar clústeres vecinos, los innovadores fomentan el espíritu creativo de los demás y se vuelven más exitosos”.

Una investigación de City Observatory determinó que, desde 2007, las ciudades han registrado un crecimiento anual del empleo de 0.5 por ciento, en tanto que los suburbios han experimentado una caída de 0.1 por ciento. Y los milenarios –adultos menores de 30 años, la generación más numerosa en la historia estadounidense- lideran ese cambio poblacional: un estudio de la Oficina del Censo de Estados Unidos demuestra que los milenarios no migran hacia los suburbios de la forma como hicieron las generaciones precedentes.

Esta situación es muy tangible en el norte de California, sobre todo en el Valle de Silicona, que no es más que un extenso suburbio donde el desarrollo tecnológico imperó durante décadas. En la actualidad, los campus de oficinas-parques de toda el área empiezan a lucir como viejos centros comerciales, ya que las nuevas superestrellas de la tecnología han emigrado a los clústeres urbanos de San Francisco.

Lo más absurdo es que, debido a la tecnología, las oficinas urbanas centralizadas se han vuelto más innecesarias que nunca. Cuando nació la Web, hace unos 20 años, el trabajo a distancia era apenas posible. Si usabas una PC, primero tenías que conectarte con aquel escandaloso módem para ver si tenías la suerte de entrar en alguna primitiva versión de correo electrónico, mientras que hoy puedes disfrutar de toda una experiencia de trabajo directamente en el telefonito que llevas en el bolsillo. Hace poco me reuní con Mark Templeton, CEO de Citrix, quien me mostró el más reciente ofrecimiento de su empresa, algo que describe como un “lugar de trabajo definido por el software”. En otras palabras, ahora la tecnología puede ser el lugar de trabajo y la oficina física serviría, simplemente, como adjunto de una compañía que existe en el ciberespacio. ¡La tecnología nos dejaría vivir a distancia mejor que nunca! Podríamos ver a nuestros amigos en Facebook, comprar en línea, mirar películas y asistir a las clases de Harvard en línea. Si quieres fundar una empresa en Tuscaloosa o la Conchinchina, no necesitas ir a visitar a los capitalistas de Sand Hill Road, con sus Tesla y sus relojes Apple. Mejor métete en Kickstarter y consigue fondos; no importa en dónde estés.

Así que, en esencia, la única razón para amontonarnos en las ciudades es la gente. Como explica Moretti, en nuestra antigua economía manufacturera nos desplazábamos hacia donde se encontraban las fábricas, lo que obligaba a ir cerca de los recursos requeridos (fábricas de muebles, cerca de los bosques; acererías, minas de carbón; y así, sucesivamente). Pero en una economía de innovación, vamos adonde se encuentran las fábricas de ideas: ciudades repletas de gente.

Los hallazgos de Moretti casan con las observaciones que hace Steven Johnson en su libro Where Good Ideas Come From, donde dice que las ideas innovadoras derivan de las conexiones entre las personas y sus ideas, y que más conexiones crean exponencialmente más ideas. Lo que conduce a las ciudades.

Al citar estudios históricos, Johnson escribe: “Una ciudad 10 veces más grande que su vecina no era 10 veces más innovadora, sino 17 veces más innovadora. Una metrópoli 50 veces más grande que una población era 150 veces más innovadora”.

Eso explica porqué Marissa Mayer, CEO de Yahoo ordenó que sus trabajadores tele-empleados regresaran a la oficina; y también porqué, cuando Hillary Clinton subió el escenario durante la conferencia Dreamforce del año pasado, declaró que jamás utilizaba Skype con líderes mundiales (“La tecnología ha dado un valor mucho más alto al contacto personal”, dijo); en tanto que recientes tendencias administrativas –en específico, el desarrollo Agile- se sustentan en el trabajo de grupo intenso, colaborativo y personal.

Por todas esas razones, Moretti argumenta que la migración a las ciudades de alta innovación es una tendencia perdurable pues, mientras la innovación sea el camino más seguro hacia la riqueza y el éxito, la gente inteligente será atraída por el medio más eficaz para innovar. Y en este momento, ese medio es la ciudad.

Un par de cosas podrían cambiar la situación en la siguiente década y una de ellas es la tremenda atracción demográfica de los milenarios. En gran parte, los miembros de esa generación han postergado el matrimonio y los hijos, así que siguen solteros… y con Tinder. Así que, obvio, quieren permanecer en las ciudades. Porque, ¿a quién se le antoja vivir en la zona rural de Iowa, consultar Tinder y descubrir que la fémina accesible más cercana es una vaca lechera? Esa enorme generación empezará a apreciar el atractivo de los suburbios solo hasta que comiencen a pasarla mal y decidan formar familia.

Tal vez entonces la tecnología será lo bastante adecuada para que la gente abandone las ciudades sin perder el contacto tan indispensable para la innovación. El “lugar de trabajo definido por el software” será mejor; las gafas de realidad virtual –hoy exclusivas de los ricos y ñoños- serán cosa de todos los días y nos permitirán estar en la oficina sintiéndonos como en una sala de conferencias con media docena de colegas.

Y quizás, por fin, esa combinación de familia y tecnología terminará la hazaña de aplanar el mundo, permitiendo que los milenarios salgan de las urbes en manadas para hacer su innovación virtual en ambientes más verdes.


Cosa que vendrá de lo más bien a baby boomers como yo, que estamos esperando a que se larguen para regresar a la ciudad.

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